Cuando mis colegas en el Consejo de Dirección de AARP analizaron los beneficios para medicamentos recetados —nueva Parte D— (Medicare Prescription Drug Benefit —new Part D—) que estarán vigentes a partir del 2006, los sorprendí al decir que estaría entre los primeros en inscribirme en este programa —aun cuando soy un saludable hombre de 74 años, exitoso médico de familia y que no está tomando ningún medicamento recetado—.
Expliqué que durante mi carrera he visto a muchos de mis pacientes ser afectados súbitamente por serios problemas de salud, tales como cáncer o ataques cardíacos. Estas enfermedades requieren del uso de medicamentos potentes y muy costosos, cuyo valor, a veces, excede los 500 dólares diarios, lo que consume una buena parte de los ingresos y ahorros de la gente, y altera su calidad de vida de manera drástica.
Recuerdo a una paciente, una secretaria jubilada en sus 70. Tenía una pequeña casa y algunos ahorros, pero vivía principalmente de lo que recibía del Seguro Social. Le gustaba cultivar flores y hacer un par de viajes cada año con amigas. Tenía Medicare, pero ninguna cobertura suplementaria para medicamentos, porque resultaba muy cara y ella siempre había gozado de buena salud. Cuando se le detectó cáncer, éste no era operable, pero sí tratable con quimioterapia oral, varios medicamentos recetados que funcionan mejor que la radiación y otros tratamientos usados para combatir ciertos tipos de cáncer. Su estado de salud se vio complicado por una diabetes y líquido en los pulmones. Al poco tiempo, los medicamentos que necesitaba costaban más de 300 dólares por día, y esto destruía sus pocos ahorros; la única solución fue tomar una hipoteca revertida sobre su vivienda.
Veo esa prima extra de 35 dólares mensuales para el nuevo programa de beneficios en medicamentos recetados como una protección para catástrofes a muy bajo costo, similar al seguro de mi automóvil. Pago más de 1.700 dólares por año por el seguro del auto, para que me proteja contra accidentes catastróficos.
Por eso, aunque nunca llegue a usarla, la cobertura para medicamentos recetados por 240 dólares al año no me suena tan mal, más con los 250 dólares deducibles de impuestos y el “donut hole” (“agujero de la rosquilla”) en la cobertura, por si no llego a usarla. Después de todo, si supero los 5.100 dólares anuales en medicamentos, el 95 por ciento de todos los costos restantes de éstos estarían cubiertos.
Además, luego del período inicial de inscripción para recibir el beneficio, sé que deberé pagar un 1 por ciento adicional por cada mes extra que tarde en inscribirme.
Entonces, ¿para qué esperar? A mí me parece una buena oferta.