La ciudad de las bestias
POR ANA FIGUEROA
Conversar con Isabel Allende es hacer un viaje.
No en un sentido literal, sino un viaje del corazón, lleno de verdades
brutales, pasiones alborozadas y la sabiduría que viene de aceptar,
en las palabras de Allende, que "tenemos muy poco control sobre
nuestras propias vidas".
La destacada autora se reunió recientemente con
AARP Segunda Juventud
en su hogar en Sausalito, California, para hablar de su nueva novela
para jóvenes adultos: La ciudad de las bestias. Como es cuentista,
Allende también tejió cuentos de su propia vida extraordinaria: de sus
perdurables raíces latinas, que continúan inspirándola [aunque ha vivido
en California durante los pasados quince años]; de sus adorados nietos,
quienes le "encargaron" que escribiera La ciudad de las
bestias; y lo mas revelador de todo, la inesperada libertad de la
vida a los sesenta años.
En La ciudad de las bestias, un joven
adolescente cuya madre cae enferma, se encuentra en una aventura
con su intrépida abuela, periodista de una revista internacional de
geografía. Los dos viajan al Amazonas, en busca de un animal legendario,
conocido como "la bestia". A lo largo del camino, el joven
desarrolla una fuerza interior que no conocía como propia y su abuela
observa, admirada, la transformación de su querido nieto.
Allende,
quien investigó el libro haciendo un viaje por el Amazonas, dice que
la excéntrica abuela del cuento, no se parece
en nada a ella.
Sin embargo, el protagonista del libro, Alexander Cold, está basado
en una persona verdadera, su nieto mayor, Alejandro. Los tres nietos
de Allende (de once, nueve y ocho años) viven muy cerca de ella en Sausalito.
Allende dice: "Les he contado cuentos desde
que nacieron. Cuando los acuesto, cada uno me ofrece un tema o una palabra,
o algo, como un elefante, una planta carnívora, o un marciano. Estoy
segura que se reúnen de antemano y tratan de pensar en un tema imposible
de usar, pero, siempre salgo con algo. Ellos mismos fueron quienes me
pidieron que escribiera este libro".
La ciudad de las bestias, es la primera
de una trilogía sobre las aventuras de Alexander Cold con su abuela
medio loca. Allende ya ha escrito el segundo libro que
tiene lugar en el Himalaya. Todavía no ha empezado el tercero, pero
sin duda, contará con sus nietos para la inspiración.
¿Qué piensan los nietos de tener una abuela famosa?
Allende contesta: "Ellos, no me consideran para nada famosa". Sobre
mí, opinan que soy baja y odian el hecho de que use lápiz labial. Me
ven tendiendo camas, dándoles el desayuno. Soy simplemente su abuela.
No me perciben como alguien con una vida pública".
| Mis nietos, no me consideran para
nada famosa. Sobre mí, opinan que soy baja y odian el hecho
de que use lápiz labial” |
Pero, Allende siempre ha vivido mas o menos una
vida pública. Nacida en Chile, en 1942, en una familia prominente,
disfrutó de una afortunada carrera como periodista, autora y dramaturga.
Se casó y tuvo dos hijos. Luego, al principio de los años setenta, después
de que un golpe militar depuso a su tío, el Presidente Salvador Allende,
Isabel y su familia fueron forzados a dejar el país repentinamente y
a pasar años en el destierro. La agitación de la familia y el drama
político de su país natal, infundido con un espiritualismo impresionante,
fueron el sello distintivo de sus obras. La primer novela de Allende
en 1982 fue La casa de los espiritus, que trazó a cuatro generaciones
de una familia chilena, ganó reconocimiento internacional, así como
también lo hicieron sus obras subsecuentes, incluyendo De amor y
de sombra, Eva Luna, Paula, e Hija de la fortuna.
Divorciada hacia fines de los años ochenta, Allende
conoció a Willie Gordon, un abogado californiano que sería su segundo
marido, mientras estaba de gira promocionando uno de sus libros: "Aquí
estaba este tipo gringo a quien le gustaban las rubias altas. Tuve que
convencerlo que en mi primera vida fui alta y rubia", dice Isabel
bromeando.
Quince años después, Allende dice de la relación,
"No sabía que hallaría un amor apasionado a mi edad. Que estaría
enamorada a los sesenta de la manera en que lo estoy. Que tendría un
relación como la que tengo con mi esposo, que es la más cálida y maravillosa
de mi vida hasta el día de hoy".
La pareja ha "ido y vuelto del infierno,"
comenta Allende. En 1995, la única hija de Allende, Paula, se enfermó
gravemente y murió. La memoria escrita en 1995, Paula, que entreteje
la historia personal de Allende con el relato de la enfermedad de su
hija, es considerada por muchos como su mejor obra.
Allende dice: "La hija de mi marido también
murió pocos meses después de Paula. Pasamos por mucho dolor. Fue un
desastre, pero sin embargo, pudimos encontrar un círculo interno en
donde solamente estamos nosotros dos".
Pero es un círculo que se extiende fácilmente.
Allende observa: "Yo he podido reproducir una familia extendida
donde vivo. Con amigos y gente que, más o menos, he adoptado. Mi hija
estuvo casada con un hombre llamado
Ernesto. Después de que Paula murió, yo permanecí
muy apegada a él. Ahora Ernesto vive en nuestra antigua casa, que está
a apenas una cuadra de aquí, con su nueva mujer. Esperamos que
algún día tengan hijos. Todos los domingo, tenemos amigos en el jardín
y en la piscina. Una casa llena. Paso mis fines de semana cocinando
para todos".
Allende siempre reserva tiempo para los nietos.
"Esto se ha dicho tantas veces que parece una frase trillada, pero
es cierto. Se puede disfrutar de los nietos en una manera que no se
disfrutó de sus hijos. Cuando estaba criando a mis hijos, estaba muy
ocupada trabajando. Era joven. Estaba confundida. No tenía nada de tiempo.
Y, siempre estaba preocupada que algo les iba a pasar. Me concentré
en criarlos de manera tal que estuvieran preparados para afrontar la
vida y no los mimé".
En cuanto a los nietos, Allende confiesa: "Yo
soy la clase de abuela que los malcría". Agrega: "No trato
de enseñarles nada, ni de protegerlos demasiado. Reconozco a mi edad
que uno no controla nada. No temo por mis nietos. Tengo una fe increíble.
Una certidumbre de que les irá bien, como me fue a mi misma y como le
va a la mayoría de la gente".
¿Piensa que la "segunda juventud" es
mejor que la primera? "No, para nada, dice Allende.
Yo siento que es otra etapa de la vida, pero no es mejor que la que
pasé. Los primeros sesenta años de mi vida fueron una época de tensión,
separación, abandono, gran éxito. Mucho amor. Pasión. Viajes. Escritura.
Toda esa mezcla creó una vida muy interesante".
Al contrario de sentir que nos mejoramos al pasar
de los años, Allende cree que nos convertimos en "más de lo que
somos". Explica: "Es como entrenarse para ser atleta. ¿Quién
espera poder correr una maratón repentinamente? Hay que entrenarse.
¿Quién espera poder convertirse en una persona mayor, feliz? Hay que
entrenarse para eso también. El entrenamiento consiste en pensar positivamente;
en mantenerse sano y conectado a otras personas".
Lo mejor de tener sesenta años, concluye Allende
es que "es muy liberador". Agrega, "A mí no me importa un
pelo lo que piensa la gente de mi. No me da vergüenza. Vivo un día a
la vez de una manera muy feliz y juguetona. Creo que los siguientes
años de mi vida serán interesantes. Pero no serán mejores que
los años que ya he vivido".
Por alguna razón, uno se va con la impresión
que el viaje de Allende apenas ha empezado.
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