La tienda de discos Do-Re-Mi está perdida en una bulliciosa cuadra de la Pequeña Habana de Miami. Pero los verdaderos amantes de la música han encontrado este lugar durante décadas. Sus organizados cajones están repletos de grabaciones de la música latina más refinada. Gracias a su dueño Rolando Rivero, aquí, hasta un novato del mambo puede aprender el do, re, y, también, el mi de la música cubana.
Y fue aquí donde un adolescente cubano estadounidense llamado Andrés Arturo García-Menéndez compró su primer disco de mambo. Rivero recuerda su gran entusiasmo, revolviendo los cajones, estudiando los nombres y rostros de las cubiertas de los álbumes. El muchacho hacía muchas preguntas: “¿Éste es bueno?” “¿Quién es Fajardo?” “¿Qué hay sobre Beny Moré?”
Rivero, un músico cabal que supo apreciar una chispa de promesa futura, le vendió a su joven cliente un álbum que cambiaría su vida. Andy García se convertiría en un famoso actor de Hollywood y productor musical ganador del Grammy; un héroe local amado por su compromiso con su cultura cubana.
| Esta pasión por Cuba, de la que huyó con su familia a la edad de cinco años, ha guiado su vida y su carrera |
¿El álbum que García compró ese día? Descargas en miniatura (Cuban Jam Sessions in Miniature), una grabación de 1957 por el gran bajista Israel “Cachao” López, uno de los reyes originales del mambo en Cuba. “Es muy simple, pero tan compacto desde el punto de vista rítmico”, dice García —el ahora consumado conocedor de música cubana— de aquella primera compra.
En aquel momento no tenía idea de qué estaba comprando, pero la cubierta del álbum, que mostraba un conjunto elegantemente vestido, cautivó su mirada. El líder acunaba el contrabajo como a una guitarra gigante y vestía zapatos de dos tonos. García nunca imaginó que ese cool cat se convertiría en su musa, su maestro, su colaborador, su querido y agradecido amigo. Simplemente, tomó el consejo del dueño de la tienda de discos. Recuerda Rivero: “Dije: ‘Éste es el primer gran álbum de descargas que sale de Cuba. Es un icono de las descargas cubanas’. Entonces lo llevó. En algún nivel, él siempre se ha identificado con sus raíces, con su música cubana”.
Sin dudas, García es un alma clásica. A los 49 años, puede parecer que viva en el Hollywood del presente, donde lleva una exitosa carrera en la industria del entretenimiento y cría a cuatro hijos nacidos en Estados Unidos, con su esposa desde hace 23 años, Mariví Lorido García. Su repertorio fílmico es un desfile de éxitos: The Untouchables, When a Man Loves a Woman, The Godfather III, Ocean’s Eleven y Ocean’s Twelve.
Pero una porción más profunda de él reside en otra parte, en un lugar extinguido desde hace mucho tiempo, una isla a la que sus recuerdos e imaginación estarán ligados para siempre. Esta pasión por Cuba, de la que huyó con su familia a la edad de cinco años, ha guiado su vida y su carrera. Cuba —no la versión de Fidel Castro, sino la esencia transplantada de un paraíso rítmico y sin tiempo— ha delineado su identidad, su estilo y sus políticas. “Es mi particular obsesión”, confiesa en un descanso durante el rodaje de The Lost City, quizás la más imponente manifestación de esa obsesión.
Por más de 16 años, García ha alimentado este proyecto de film épico y su obra rubricada: la historia de una familia cubana desgarrada por la revolución de 1959. Describe a una Habana que seduce y elude al personaje principal, el acongojado dueño de un cabaret interpretado por García. A medida que el protagonista lucha por salvar un romance imposible, aprende que su amada no difiere de La Habana, “una mujer a la que uno podría amar, pero sólo desde la distancia”, dice García, quien dirigió el film.
| ‘Tiene un alma madura, una cierta experiencia . . . no es de este mundo’ |
Con un sueño y la posibilidad de plasmarlo con un presupuesto bajo, García encontró partes de Cuba en la República Dominicana, y filmó la película allí. “Estoy muy orgulloso del film”, dice. “Sé que tiene que ver con mi propia nostalgia, con mi anhelo por contar esta historia”. Mientras que una historia más extensa sobre una Habana perdida inspiró a García para elegir al famoso escritor cubano Guillermo Cabrera Infante para escribir el guión, fueron las posibilidades musicales las que lo motivaron para lograr financiar The Lost City.
Y esas posibilidades lo relacionaron entrañablemente con el hombre cuyo álbum había comprado hacía más de 25 años. El actor encontró a su ídolo viviendo en relativo anonimato, y durante un descanso en la filmación de The Godfather III, García fue a ver a Cachao tocar en un club de San Francisco. El encuentro entre ambos encendió un sentido de colaboración que derivaría en una serie de homenajes, incluyendo un documental, varias grabaciones de sesiones maestras ganadoras del Grammy, conciertos y apariciones televisivas. Y lo más importante para Cachao: se convirtió en una segunda juventud en el ocaso de su carrera. El mundo lo había olvidado. Andy García lo recordaba.
“Tiene un alma madura, una cierta experiencia . . . no es de este mundo”, dice Cachao, de 86 años de edad, acerca de su protegido musical. “Entiende muy bien la música. En un principio, se relacionó con ella como aficionado, pero ahora es un músico, un percusionista, un pianista”.
Su última contribución —¡Ahora Sí! Andy García Presents Cachao— es un jugoso vaivén de descargas que ganó el Grammy 2005 como el Mejor Álbum Tropical Latino Tradicional.
¿Qué hay sobre los sonidos de las décadas del 40 y 50 que tanto le encantan? La música de su afición proviene de una época de rebelión cultural, un apasionante punto de inflexión en el que los ritmos de África se infiltraron en —y transformaron— la corriente musical cubana. Los músicos que él venera eran rebeldes de su época, pero permanecieron fieles a sus raíces cubanas, exaltando las influencias africanas que dieron a la isla su identidad única. Es por ello que los gustos musicales de García raramente se aventuran más allá de las postrimerías de la década de 1950.
“No escucho música contemporánea. No me dice nada —explica—. La cúspide de 1958, 1959 nos dio lo último de la pureza esencial de la música cubana”. Hace una pausa, como para escuchar un tamborileo distante.
“Sí —dice—. Pura. Era pura”.