Escuchando la voz de nuestro cuerpo
POR Bill Heavey y Elissa Royal
Si piensa que la está pasando mal, probablemente Esther Reiter la esté pasando peor. En 1984, un derrame cerebral le dañó el tálamo—parte
del cerebro que realiza la función sensorial. En consecuencia, sufre
una enfermedad muy poco estudiada: síndrome de dolor talámico (thalamic
pain syndrome). El lado del cuerpo afectado recibe señales de dolor
constantemente.
Reiter toma varias medicinas para controlar
el mal, incluyendo un narcótico para el dolor; un sedante que mitiga los espasmos y un anticonvulsivo,
que ayuda a tratar ciertos dolores neuropáticos.
Para evitar estar constantemente deprimida,
Reiter también visita
a un psicoterapeuta—algo muy común en pacientes con dolores crónicos
y ha probado terapias alternativas, tales como la bioretroalimentación,
meditación, acupuntura y masajes.
Su caso es extremo, pero no es único
Cerca de 50 millones de personas en
Estados Unidos sufren de dolores crónicos (aquéllos que duran seis meses o más) y otros 25 millones
sufren de dolores agudos (tales como los que resultan de lesiones o
cirugía). Los expertos en el tema opinan que estas cifras continuarán
en aumento hasta que, tanto los pacientes como los médicos, aprendan
a hablar sobre el asunto con apertura.
Es una temática muy complicada debido a que el umbral del dolor es único
y muy particular de cada individuo. Hay pacientes que tienen mucha
más tolerancia al dolor que otros, de manera tal que es muy importante
comunicar exactamente aquello que se siente. Sin reservas, sin miedos
y sin exageraciones, pero con firmeza. Hasta que el médico entienda
y pueda ayudarlo.
| ‘A mayor depresión y debilidad
sufridos por un paciente por causa del dolor, menos probabilidades
de que busque ayuda’ |
Algunos médicos y profesionales de la salud no administran medicamentos
para el dolor a no ser que los pacientes muestren dolor de manera específica.
"Las escuelas de medicina y enfermería no enseñan lo suficiente sobre
el tratamiento del dolor y tampoco o sobre el manejo de los síntomas",
sostiene Guadalupe Palos, profesora de investigación clínica de MD
Anderson Cancer Center, en Houston, Texas. Aparte de su doctorado en
salud pública, Palos es enfermera diplomada y trabajadora social licenciada.
El tratamiento del dolor y raíces culturales
La doctora Palos, cuyo estudio se centra
en temas interculturales relacionados con el tratamiento del dolor,
sostiene que tanto las minorías étnicas
y raciales como las mujeres en general, tienen más probabilidades de
recibir tratamiento poco adecuado para el dolor.
Hay estudios que muestran que exista una
tendencia entre estos grupos a asumir que una persona con autoridad,
como un profesional de la salud
por ejemplo, conoce el problema por completo. Así, criticar un tratamiento
no es una opción puesto que puede ofenderse al profesional o hacer
evidente que no se le entiende aquello que el médico recomienda.
Además, hay muchos nuevos tratamientos que
se prestan a confusión. Por ejemplo, algunos pacientes recuerdan la época
en que una inyección era la manera más rápida y eficaz para tratar
cualquier problema de salud, incluyendo el dolor. "Cuando un médico
receta una pastilla, o un parche a su paciente, el tratamiento es aceptado
con un grado de escepticismo", dice Palos.
Palos manifiesta que, para los inmigrantes
hispanos que provienen de países exportadores de heroína y cocaína, hay tal estigma asociado
al consumo de drogas que dudan de tomar cualquier tipo de medicina,
aunque no sea narcótico. Típicamente, los latinoamericanos confían
más en el farmacéutico de la esquina que en su médico. Palos agrega, "en
sus países de origen, es común valerse del diagnóstico y del tratamiento
indicado por el farmacéutico de turno".
Persuadir a algunos pacientes hispanos a
tomar un antidepresivo es otra propuesta difícil. Aún cuando los antidepresivos, tomados junto
con analgésicos, ayudan a controlar algunos tipos de dolor, tales como
los dolores punzantes que sufren los diabéticos, el paciente, por lo
general, niega estar deprimido y no toma esas medicinas. "Estos pacientes
dicen 'no estoy loco, ni estoy deprimido', sus médicos harían mejor
en preguntarles si se encuentran 'tristes'", señala Palos.
Las actitudes de algunos pacientes también contribuyen al problema
del adecuado tratamiento del dolor. "Algunas personas se resisten a
admitir que sienten dolor", dice Matthew Loscalzo, trabajador social
y codirector del Centro de investigación sobre dolor producido por
el cáncer (Center for Cancer Pain Research) de Johns Hopkins. "Es igual
en todas partes. Si admiten que sienten dolor significa decirle al
mundo que son vulnerables".
Los adultos mayores tienden a asumir que
el dolor es parte del proceso de envejecimiento. "Somos fuertes, orgullosos y nos han enseñado a
mantenernos impasibles", añade Loscalzo. Además de complicar los problemas
de los tratamientos, "muchos pacientes mienten sobre el dolor antes
que admitir que el tratamiento inicial no tuvo éxito".
El dolor crónico debilita el sistema inmunológico, reprograma el sistema
nervioso, afecta negativamente a la recuperación de los pacientes y
altera los patrones de sueño, provocando todo esto al tiempo que aumenta
la depresión, la ansiedad y el aislamiento social que, invariablemente,
produce más dolor. "A mayor depresión y debilidad sufrida por un paciente
por causa del dolor, menos probabilidades de que busque ayuda", señala
el investigador Loscalzo.
"La mayoría de la gente que sufre dolor crónico o agudo tiene más
de 50 años, dice John Giglio, director ejecutivo de la Fundación estadounidense
sobre dolor (American Pain Foundation). Y agrega "No se informa, no
se trata y se subestima". Pero esto está cambiando. Actualmente, la
Comisión conjunta sobre certificación de organizaciones de cuidados
de salud (Joint Commission on Accreditation of Healthcare Organizations),
exige que los hospitales y hogares para el cuidado de personas discapacitadas
evalúen y traten el dolor de modo integral con todos sus pacientes.
Aquellas instituciones que no apliquen las nuevas normas corren el
riesgo de perder su certificación.
Opciones alternativas
Finalmente, la
mayor parte de las organizaciones profesionales médicas están aceptando que las terapias alternativas
tienen valor y señalan que los pacientes se recuperan más rápido cuando
agregan tratamientos complementarios a sus regímenes, algunos de los
cuales dan mejores resultados para determinados tipos de dolor; tales
como la acupuntura.
"El tratamiento del dolor para todos los pacientes que lo sufren,
en especial los hispanos, es mejor manejado por el conjunto de profesionales
de la salud si trabajan con cada paciente y sus familias", sostiene
Palos, indicando que deben tratarse todos los aspectos del cuidado:
médicos, emocionales y espirituales. "Este conjunto de profesionales
debe incluir, no sólo a los médicos y enfermeras, sino también a los
trabajadores sociales, a los farmacéuticos, a los terapeutas físicos,
e incluso a los clérigos. El paciente debe tener fe en el tratamiento".
Recuerde, los medicamentos no son la única manera de combatir el dolor.
En la actualidad existen muchos métodos y terapias alternativas que
incluyen ejercicios de respiración, meditación e inclusive oración.
Nunca la tema a una conversación franca con su médico,
cuantas veces sea necesario. No ignore la voz de su cuerpo dolorido,
hable abiertamente
sobre su dolor.
Revise ahora nuestra lista
de comprobación para asegurarse de recibir un adecuado tratamiento del dolor y estudie
nuestro glosario de términos sobre este tema.
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