Esta no es la historia que planeé escribir.
Quería compartir cómo es mi vida tres años y medio después de que me diagnosticaran cáncer de mama. Me pareció importante hacerles saber a otras mujeres que la vida no siempre da un giro de 180 grados, luego de haber estado muy cerca del cáncer; que no todas comenzamos a comer como es debido, a hacer ejercicios con regularidad y a ahuyentar el estrés de nuestra vida diaria.
Continúo comiendo papas fritas junto con las fresas, arándanos y brócoli que sé que —se supone— debo comer. Además, la mayoría de las mañanas, la idea de levantarme y prepararme para ir al gimnasio cae derrotada ante la posibilidad de seguir disfrutando de la comodidad de mi cama por una hora más. Y no me siento totalmente culpable por mi “mala conducta”, sólo decepcionada cuando los pantalones me aprietan y noto que mis brazos están flácidos.
Hace poco, comencé a hacer gimnasia (ejercicios) con un entrenador personal para endurecer los brazos y los abdominales, y lograr que los pantalones dejaran de apretarme. Pero aún no tengo la suficiente disciplina como para levantarme temprano cuando él no va a estar para contar las flexiones de piernas, los abdominales, las flexiones de bíceps y las extensiones de tríceps.
Aún sigo pensando que es importante no fustigarnos mentalmente si no cumplimos con las “reglas” de la pirámide nutricional y las del último gurú de los ejercicios. Después de todo, somos humanos. ¿Puedo esforzarme en ser más sabia al elegir mis alimentos y más diligente en el cuidado de mi cuerpo? Sí, y lo hago. Pero, cada tanto, necesito deleitarme con un helado o un brownie con mucho chocolate y nueces.La vida está llena de placeres que no deberíamos perdernos.
Y está llena de sorpresas.
| ‘En ese momento, no sabía que tendría la oportunidad de compartir algo más que mi historia acerca del cáncer de mama’ |
Tal vez hayan leído en nuestra revista de Octubre/Noviembre de 2005 que a una de cada siete mujeres se le diagnosticará cáncer de mama. Yo soy esa “una” de mi grupo de trabajo. Cuando fui diagnosticada a comienzos de 2002 —a los 49 años— tuve la suerte de que el tumor maligno fuera descubierto prematuramente, por lo que lo extirparon y no tuve que pasar por quimioterapia ni por radiación. Supe que se me estaba dando una maravillosa oportunidad. Como editora de otra revista bilingüe en inglés y español, en ese momento, sabía que se me había facilitado el instrumento ideal para difundir información sobre el cáncer de mama y sobre la importancia de realizarse exámenes y mamografías periódicamente. Utilicé ese instrumento y algunos otros, en cada ocasión que se me presentaba.
Asi fue como, cuando incluimos en nuestra revista una nota acerca de las latinas y el cáncer de mama, decidimos que, una vez más, yo compartiría algunas reflexiones sobre mi propia experiencia.
En ese momento, no sabía que tendría la oportunidad de compartir algo más que mi historia acerca del cáncer de mama.
A mediados de septiembre, me realizaron una biopsia de endometrio para determinar qué estaba ocurriendo en la membrana mucosa del útero. Una ecografía de pelvis mostraba un área anormal en el mismo. Tal como esos comerciales que son tan conocidos por la frase: “¡Espere, hay más!”. Mi ovario derecho presentaba un quiste que parecía sospechoso.
No soy clarividente, pero vislumbro una cirugía en el futuro. Mi ginecólogo recomienda extirpar todo el ovario, al que luego se le realizará una biopsia para determinar si es canceroso, lo que indicará las acciones a seguir.
El 20 de septiembre, mientras escribía acerca de este tema, recibí una llamada de mi médico: ¡la biopsia del endometrio había dado normal! Mi útero, que nunca ha cobijado a un pequeño niño o niña, está a salvo por ahora. Otra vez había sido afortunada.
Lo más importante para mí, en este momento, es que las mujeres sepan que cuando me enteré de estos dos problemas potenciales no fue porque presentara síntoma alguno, sino porque fui a hacerme mi examen ginecológico anual, que es cuando decimos, “¡Oh!, tengo que hacerme el Papanicolau”. Al igual que la mamografía, puede resultar incómodo. Cada año, voy, sonrío y aguanto (y me desnudo).
Pero fue debido a que pensé que, habiendo tenido cáncer, debía realizarme un examen complementario de pelvis, que solicité que se me realizara uno —de hecho, tuve que insistir—. Entonces, es importante preguntar y presionar —si es necesario— cuando las respuestas y las acciones no nos satisfacen. Y es importante cambiar de médico si no estamos contentas con el profesional que nos está atendiendo.
Y es importante cuidar de nosotras mismas, de la misma manera en que cuidamos a aquéllos que dependen de nosotras, porque, si nosotras no nos cuidamos, ¿quién cuidará de ellos? ¿Y quién cuidará de nosotras?
¡Tome cartas en el asunto! Hágase una mamografía y un Papanicolau todos los años. Consulte a su médico en seguida si siente que algo no está bien. Una pequeña incomodidad puede salvarle la vida.