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Foto: Debra McClinton 

Mujer, ¿qué te preocupa?
Julia Alvarez: autora de En el tiempo de las mariposas, se preocupa mucho. ¿Por qué? Alvarez, quien a los 56 años está lanzando su libro más reciente, Saving the World (Salvando al mundo), comparte sus ideas. 

Por Julia Alvarez
abril/mayo 2006

Lea la opinión de  nuestro experto de porque las mujeres se preocupan

¿Qué es lo que le preocupa?

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, solía decir mamá a sus hijas adolescentes cada vez que queríamos hacer algo “a la manera americana” (the American way).

Esos consejos maternos podrían haber servido en la República Dominicana, pero nosotras, sus hijas, debíamos abrirnos camino en un mundo nuevo, del que ella nada sabía. Por lo tanto, la desafiábamos. Y ella entonces presentaba su refrán sobre el diablo, ofreciendo así mayor prueba —su catolicismo, su creencia en un demonio— de que ella ya no podía ser un modelo para nosotras.

Mis tres hermanas y yo éramos la generación que cruzó la frontera, no sólo físicamente —desde el país de nacimiento a Estados Unidos—, sino también desde los tradicionales roles del género, a una actitud de independencia y libertad. El cruce fue tormentoso (¡no por nada lo llamábamos United Mistakes of America!).

Tuvimos que reinventarnos para sobrevivir aquí, establecer límites a las demandas familiares, divorciarnos cuando el matrimonio no funcionó y seguir carreras para cuidarnos a nosotras mismas, lo que significaba tener menos hijos, o no tenerlos en absoluto. Liberarnos de viejas restricciones nos permitió hacer realidad el sueño americano que nuestros padres querían, pero también sobre el cual nos advertían.

Miro con nostalgia la forma antigua de cuidar a los viejitos— entre familia, con respeto y mucho cariño
Ahora, mis hermanas y yo estamos viviendo las consecuencias por lo que elegimos hacer para liberarnos en nuestra juventud. Los años piden que devolvamos los progresos que hicimos para lograr nuestra independencia y autonomía.

Envejeceremos y seremos frágiles y dependientes, y las seguridades de nuestro viejo mundo no estarán disponibles para nosotras. Como decía mi prima cuando alguna de mis hermanas o yo misma nos jactábamos de alguna ventaja de nuestras muy independientes vidas a la americana: “Tick-tock”.

Miro con nostalgia la forma antigua de cuidar a los viejitos— entre familia, con respeto y mucho cariño. Mis propios padres, luego de 42 años en este país, volvieron “a su hogar” en su vejez. El hogar, allí donde sus parientes y amigos pasan de visita todos los días. Donde pueden vivir confortablemente con sus ahorros estadounidenses. Donde el doctor, quien seguramente es un sobrino o el amigo de un amigo, pasará a ver cómo están sin ningún inconveniente. Donde tienen el refugio de la religión y el contexto de la narrativa familiar a su alrededor, para quitarle el aguijón a la muerte.

Mi vejez no será así y me preocupa mucho —más de lo que eso preocupa a mis amigos anglosajones, quienes no tienen el entorno de esta manera antigua de envejecer para comparar y contrastar con el American way.

Sospecho que mi generación será nuevamente creativa en cómo solucionar los desafíos que aparecerán en los años venideros
¿Qué es, específicamente, lo que me preocupa? No es que está cambiando la forma en que me veo. Yo acepté hace mucho que no sería una de las bellezas reconocidas. Me preocupa el hecho de que estaré sola. Las estadísticas demuestran que nosotras, las mujeres, sobreviviremos a nuestros maridos. Yo no tengo hijos,  pero aunque los tuviera, ellos vivirían en ciudades alejadas, ocupados en sus carreras, enfocados en su propio núcleo familiar. Si mis recursos se agotaran, perdería la única manera de imponer respeto y dar sensación de cuidado en una sociedad que opera sobre la base del dinero. Pasaré mis últimos días entre extraños, echando de menos ese calor familiar, personas que me aman, cuyas historias son parte de mi historia tanto como sus mentones y narices y ojos son moldeados frescos de mis propias, desgastadas facciones. Y, entre todo esto, yo no tendré mi fe en Papá Dios —que tiene más edad que el diablo— para reconfortarme.

Y entonces, nuevamente, nosotras, las mujeres de la generación que cruzamos la frontera, estamos teniendo que reinventarnos en esta nueva etapa de la vida. ¿Qué significará ser una persona mayor estadounidense, cuyas raíces están en un mundo más viejo, pero que envejecerá y morirá en este mundo nuevo?

Sospecho que mi generación será nuevamente creativa en cómo solucionar los desafíos que aparecerán en los años venideros. En una reunión con todas mis hermanas, el pasado Día de Acción de Gracias, una de ellas miró hacia los 10 acres que poseemos en Vermont y preguntó qué tal sería construir tres pequeñas casas de huéspedes para nuestra vejez. Mi esposo quedó boquiabierto; mi corazón latió más fuerte por el interés despertado.

De esta manera, siento cierta excitación al contemplar esta nueva aventura de envejecer. Pero también siento preocupación. A medida que mis padres y tías y tíos vayan desapareciendo, el viejo mundo al que secretamente siempre pensé volver se habrá ido para siempre.

Ahora, con los años que no perdonan a nadie (como solía decir mamá), sé lo que el viejo diablo sabía: que con los años, mis hermanas y yo llegaríamos a Estados Unidos para vivir allí de manera permanente.

Tick-tock. Ese día ha llegado.


Lea la opinión de nuestro
experto de porque las mujeres se preocupan.

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