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| Foto: Susan Scafati |
Una cultura de silencio
Por Irene S. Levine
febrero/marzo 2006
Dos hombres. Dos historias diferentes.
“Todo sucedió de repente —cuenta Alberto Trujillo, un mecánico retirado de 75 años de edad, oriundo de Clint, Texas—. No podía hacer nada. No podía pensar, ni escribir ni conducir. No salía de casa. Me alejé de la iglesia”. Estaba tan mal, que su esposa lo internó.
Para Rodolfo Palma-Lulión, de 28 años, de la ciudad de Saline, Michigan, “sucedió a lo largo de varios años. La realidad es que yo no estaba funcionando —explica—. Mi mente no estaba trabajando. Para ese entonces, estaba en la universidad, pero no podía ir a las clases. Intenté conseguir un trabajo, pero no pude mantenerlo”. Aunque no se daba cuenta de lo que le pasaba, su novia le exigió que buscara ayuda.
Estos dos hombres comparten un vínculo: ambos sufrieron de depresión. Trujillo es mexicano-estadounidense y tiene siete hijos. Palma-Lulión nació en Chile y vino a Estados Unidos de niño. Tiene un hijo y está esperando el segundo para febrero. Él trabaja en un programa de servicios a la comunidad en la University of Michigan.
Aunque casi el doble de mujeres sufre de depresión, esta enfermedad golpea al 7 por ciento de hombres —unos 6 millones— cada año, según el National Institute of Mental Health. Esta condición médica afecta el cuerpo, el humor y los pensamientos de la persona. Si no se trata la depresión, puede acabar con la alegría de vivir, dejando sentimientos de desesperación y vacío. Destruye relaciones y estropea carreras. Algunas veces, puede ser fatal: cerca de un 7 por ciento de hombres deprimidos termina suicidándose.
Algunos estudios sobre desórdenes mentales, que se llevaron a cabo en décadas pasadas, sugieren que la tasa de depresión es similar entre los hispanos y los no hispanos.
“Desgraciadamente, existen menos probabilidades de que los hombres hispanos sean bien diagnosticados o que reciban un tratamiento adecuado”, explica Javier Escobar, presidente del departamento de psiquiatría de la University of Medicine and Dentistry of New Jersey-Robert Wood Johnson Medical School. El doctor Escobar, de origen colombiano, añade: “los hombres latinos tienden a presentar más síntomas físicos que psicológicos”.
| El tratamiento de salud mental parece trabajar tan bien para los hispanos deprimidos como para el resto de la población | Trujillo dice que tenía problemas para dormir y de apetito. Palma-Lulión experimentó problemas similares: “Estaba tan apático que me quedaba en la cama... y, en una ocasión, estuve así por semanas”.
Escobar, un pionero en el estudio de la depresión en hombres hispanos, señala que “en especial, hombres que provienen de Puerto Rico y de Sudamérica presentan múltiples dolencias, migrañas, dolores articulados, debilidad y fatiga”. Los exámenes de laboratorio no revelan causas que expliquen sus quejas. Pero cuando comparten sus historias, muchas veces, al intentar explicar los síntomas, señalan su corazón y evitan mencionar la tristeza o el nerviosismo.
Los hombres de distintas culturas manejan la depresión de maneras diferentes, afirma Escobar, y los miembros de la población hispana son muy diversos. Los mexicanos, por ejemplo, dudan muchísimo antes de consultar con un psiquiatra; los portorriqueños son más proclives a utilizar los servicios de salud mental.
“Es más probable que un hispano busque ayuda de un sacerdote o de un sanador espiritual, un curandero”, afirma Gustavo Alva, profesor asociado de la University of California-Irvine Department of Psychiatry and Human Behavior. El oriundo de México dice que hay muchos obstáculos al tratamiento, incluyendo problemas del lenguaje y problemas económicos. Además, en lo que los estudiosos del tema llaman la “paradoja latina”, los desórdenes mentales son menos frecuentes entre los hispanos nacidos fuera de Estados Unidos.
“La medicina y Dios me sacaron adelante”, dice Trujillo, pero a sus médicos les llevó cuatro años y medio, después de que fuera internado, encontrar la combinación de drogas adecuada.
Existe otro problema que exacerba la dificultad para encontrar una medicación efectiva. Escobar cuenta que es menos probable que estos hombres participan en una psicoterapia o que tomen antidepresivos recetados. Uno de los posibles efectos colaterales de los medicamentos, la disfunción sexual, es muy difícil de aceptar para los latinos.
Aunque no se comprenden del todo las causas de la depresión, los expertos coinciden en que uno no se puede culpar, ya que proviene de la interacción de la genética y del medio ambiente, más que de un defecto del carácter.
Estudios recientes sugieren que, cuando una persona se deprime, ciertas conexiones de partes del cerebro estarían funcionando en forma incorrecta, y que los químicos que utilizan las células nerviosas para comunicarse podrían encontrarse desequilibrados.
Sin embargo, muchas personas siguen considerando la depresión como una debilidad. Escobar señala que “la mayoría de los hombres hispanos con depresión no recibe tratamiento”, aunque añade que el tratamiento está siendo más aceptado, debido a que los doctores son cada vez más conscientes de esta enfermedad, y gracias a los nuevos tipos de antidepresivos.
Las mujeres y la familia juegan un papel importante. “En gran medida, las mujeres son las que llevan las riendas en la cultura latina —opina Alva—. Si bien se percibe a los hombres como los que mandan, en realidad son las mujeres las que están a cargo”.
| Con el tratamiento, Trujillo retomó las actividades que antes disfrutaba | Escobar observa que los hijos que están más asimilados a la cultura estadounidense son los que, muchas veces, se dan cuenta de que los padres están deprimidos, y tienden a actuar. El caso típico es el de la hija llevando al padre al médico.
Sin embargo, en el caso de Trujillo, fue Mary, su esposa de 70 años, quien tomó la iniciativa. “Él no podía decir mucho porque estaba muy enfermo”, relata Mary, y recuerda cómo su marido llegó a un punto en el que sólo sabía su nombre y no mucho más. Mary tenía hasta que peinarlo. De todos modos, ella cuenta que “lo último que me pasó por la mente fue la depresión, porque él había sido una persona muy activa”.
El tratamiento de salud mental parece trabajar tan bien —y, a veces, mejor— para los hispanos deprimidos como para el resto de la población, afirma Escobar. Pero tanto él como Alva coinciden en que se necesitan más estudios urgentemente.
“Estamos tratando con el grupo minoritario que crece más rápido en Estados Unidos y, sin embargo, los experimentos con drogas se limitaron a las familias caucásicas”, señala Alva.
Con el tratamiento, Trujillo retomó las actividades que antes disfrutaba: caminar, jugar al golf, comer afuera y pasar tiempo con la familia. “Tengo que agradecer a mi esposa y a mis hijos. Ellos y mi fe en Dios me ayudaron a revertir la situación”.
Palma-Lulión también encontró el apoyo que necesitaba cerca suyo: “Cuando les conté a los profesores y a mis amigos, me di cuenta de que contaba con más ayuda de la que había pensado”.
Sin embargo, y en especial entre los hispanos, encontró lo que él llama una “cultura de silencio” que debe cambiar para que los hombres puedan sentirse cómodos a la hora de pedir ayuda. “Ser latino hace la diferencia”, afirma. “La idea de lo que significa ser un hombre es distinta de la que encontramos en la sociedad caucásica predominante —muy distinta—. Los hombres latinos no sufren de ‘depresión’. Se enojan y tratan de curarse ellos mismos con alcohol; es parte de ser hombre”.
Él ya ha comenzado a romper el silencio —comenzando por su hogar—. “Comencé a darme cuenta de que la depresión estuvo presente a lo largo de la historia familiar —cuenta—. Observar mi experiencia con la depresión ayudó a mi padre a cambiar su percepción de la enfermedad”.
Para mayores recursos de información sobre salud en general, eche un vistazo a nuestra lista de sitios en internet bilingües que cubren toda la gama de enfermedades, desde asma hasta yersiniosis.
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