En la actualidad, mamá y papá están florecientes. Se mudaron a un centro de vida asistida. Sin embargo, la vida en el apartamento de dos dormitorios, apenas amoblado, en el estado de Washington, representa un gran cambio comparado con su casa de casi 3.000 pies cuadrados en Palo Alto, California. El aliciente de vivir cerca de su hijo menor, Jaime, fue lo que los convenció de mudarse. Ahora, mi hermano los visita cada noche y todos los domingos concurren a la iglesia con él y sus dos hijos.
Hoy en día, cuando llamo a mamá, la encuentro feliz y relajada. A sus 76 años, es la más joven y la única residente hispana del complejo —además de papá, que tiene 80—. Debo pedirle que me deje hablar con papá, o monopoliza la llamada.
Mis padres tienen días malos, pero menos que cuando vivían solos. Sin embargo, las cosas no fueron siempre tan tranquilas. Encontrar una residencia segura fue una difícil experiencia para nosotros, los hijos. Aún encontramos desafíos, pero creo que menores a los ya superados. Todo empezó hace dos años.
Primavera de 2005
Durante una conversación telefónica, mamá me pregunta: "¿Dónde encuentro una pastilla que me ayude a terminar con todo esto?". Parece estar desmoronándose delante de nosotros, pasando de ser una mujer muy activa y confiada, a otra asustada y necesitada. Papá ahora padece la enfermedad de Parkinson, lo que dificulta las cosas para ella.
Mamá y papá están más viejitos y débiles de lo que esperábamos. Pensábamos contar con otros cinco años antes de que se volvieran menos independientes. Parecen haber perdido la voluntad de ser felices. No se alimentan bien, y entran y salen de la depresión.
Para nosotros, mamá siempre había sido la más fuerte, la que se mudó de El Salvador a Estados Unidos con cuatro hijos, se movió por el sistema escolar y logró establecerse en un bonito barrio de clase media. Ahora, olvida pagar las cuentas y tomar sus medicinas.
Los libros de auto-ayuda hacen que parezca muy simple: cuando los padres comiencen a envejecer, hablen con ellos. En mi familia no somos tan lógicos. Somos unidos y emotivos, pero nos resulta extremadamente duro hablar de temas difíciles. Para nuestros padres todavía tenemos 5 años, y se niegan a discutir con nosotros ciertos asuntos, como el de las finanzas. De modo que, ahora que no pueden cuidar de sí mismos, nosotros, los hijos, estamos dando vueltas alrededor del tema, evitando la búsqueda de soluciones. ¿Cómo vamos a planificar si ni siquiera podemos hablar de cuestiones como la vivienda, las finanzas o los cuidados médicos?
Otoño de 2005
Probamos varias formas de ayudar. Mi hermana, Mae, pasea a mamá casi todos los días y le lleva a papá su comida favorita -pupusas salvadoreñas o tacos-. Mi hermano, José, almuerza con ellos casi a diario. Papá se traslada con dificultad dentro de la casa de cuatro dormitorios. Les encanta nuestra atención y resplandecen cuando nos ven. Pero cuando se encuentran solos, parecen pajaritos abandonados en una noche fría.
La distancia es hoy el problema mayor. Vivo en Nueva York y los veo sólo dos o tres veces al año. Jaime y su familia viven en Seattle y los visitan dos veces al año. Mae y José son los que tienen que ayudarlos cuando la lavadora de vajilla no funciona, el perro necesita baño o cuando papá se cayó. Mae apenas tiene tiempo para atender a su niño que empieza a caminar, y José vive a 40 minutos de distancia. Mamá me llama cada vez que pelea con Mae.
Cuando estamos juntos, intentamos ponernos de acuerdo con respecto al futuro. Jaime no ve la necesidad de que nuestros padres se muden. Mae, que trabajó en el campo de administración de salud y escuchó historias espantosas sobre los asistentes de cuidados en el hogar, se inclina por los centros de cuidados para adultos. Mamá, quien solía tomar las decisiones en la familia, rechaza esa opción alegando: "Nunca venderé la casa". Mis padres ahorraron cada centavo para comprar esa casa y sentirse parte de la clase media.
Llegar hasta allí no les fue fácil. En El Salvador, mamá renunció a su trabajo, como empleada contable, al nacer Mae, la más pequeña. Más tarde, papá perdió su empleo y las facturas comenzaron a apilarse. A mediados de los 60, Estados Unidos permitió el ingreso de más inmigrantes legales, especialmente aquéllos con destrezas para oficios específicos. Papá, un ex empleado contable y vendedor de autos, le pidió a un amigo dueño de una panadería que le enseñara el oficio. Entonces, nos mudamos desde El Salvador a California. Mamá y papá dejaron atrás a sus padres, sus hermanos y a toda la familia.
En menos de un año, papá ya trabajaba como cocinero de comida francesa. Nos reíamos: papá nunca había cocinado ni un huevo. Aún nos enloquecen sus tostadas francesas. Trabajaba con un chef francés, así que ahí estábamos, una familia de inmigrantes comiendo escargot y coq au vin. Maravilloso.
La vida en Estados Unidos transcurrió normalmente hasta que papá se jubiló y Cisco Systems despidió a mamá, quien tenía 65 años ("Silicon Valley no es para personas viejas", me dijo una vez).
Yo era corresponsal en Colombia y no sabía de estos problemas. Papá quiso volver a El Salvador, pero mamá no. En 1999, papá intentó reestablecerse en El Salvador. Regresó un año más tarde.
Verano de 2006
Las cosas empeoran. Papá reprobó el examen de conducir. Por un tiempo, condujo sin licencia. Mamá nos avisó y hablamos con él. Está enfadado. Siente que Estados Unidos no le da una oportunidad ahora que es viejo. No entiende que así es la ley. Luego, mamá desaprueba el examen. Ambos se niegan a repetirlo; están avergonzados.
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Invierno de 2006
A papá le extirparon la vesícula y lo enviaron a un centro de cuidados de enfermería, el mejor que Mae encontró. Papá pierde el uso de las piernas y me indigna que a los latinos y a otros pacientes étnicos los alojen en habitaciones traseras. Lo sacaremos de ahí pronto.
Papá y mamá no se habían llevado bien el año pasado; pero ahora que papá está enfermo, mamá es su apoyo incondicional.
Nos organizamos para visitar a mamá, que ya vive sola. Nos ruega a mi tía María y a mí que vivamos con ella. Con pena decimos que no.
Cada día que pasa, el espíritu y el cuerpo de papá se marchitan. Jaime y yo visitamos varios centros de vida asistida en California.
Mamá dice haber "...criado cuervos para que le saquen los ojos".
Mi cuñado sugiere una abogada experta en cuestiones de adultos mayores que hable español. Mamá ve a la abogada y cambia de opinión. Accede a un fideicomiso testamentario y a buscar un centro de vida asistida. Buscamos un lugar donde mamá y papá puedan estar juntos, que sea seguro y culturalmente sensible. Como papá es de tez oscura, nos aseguramos de que no lo vayan a tratar de forma diferente. Rápidamente, desechamos lugares que cobran por adelantado o piden ver los informes financieros de los clientes. Finalmente, decidimos cubrir los gastos alquilando su casa y usando sus fondos jubilatorios y del Seguro Social.
Al fin, Jaime encuentra el lugar seguro en el que viven hoy. Está a la vuelta de su casa. Estamos aliviados.