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Foto: Stewart Ferebee 

Cómo vivir saludablemente hasta los 100 años
Un notable grupo de personas centenarias que viven en la península de Nicoya, en Costa Rica, comparten sus secretos.

Por Dan Buettner
mayo 2008

VIDEO: Conozca a la centenaria Panchita Castillo

Secretos para la longevidad

Cómo jubilarse en América Latina (agosto/
septiembre 2007)

Reimaginando la jubilación (abril/mayo 2007)

Jubilados mexicanos: lo mejor de dos mundos (abril/
mayo 2005) 

(Continúa de la p.3)

Avanzada la mañana, Luis, el niño vecino de 10 años, llegó como todos los días para ayudar a Panchita a capturar los pollos —que correteaban libremente— para encerrarlos en el gallinero. Más tarde, Carmen Gómez, su vecina de 31 años, pasó para ayudarla a barrer los pisos. “No vengo porque esté obligada a hacerlo —me dijo cuando pregunté—. Panchita tiene una manera de alegrarme el día. Todos en Hojancha la aman”.

Al mediodía, Panchita me dijo que era tiempo de preparar el almuerzo. Elizabeth y yo la seguimos a la cocina de su humilde casa. La habitación era sobria y placentera: un pequeño espacio, bien iluminado por dos ventanas que se abrían hacia el patio, una pequeña despensa, un estante de madera, un fregadero de porcelana con agua corriente y una pequeña nevera. Un bol de bananas y papayas, fácilmente accesible, se encontraba sobre el estante, y todo lo demás —porotos, cebollas, ajo, verduras de hoja, maíz, que requieren preparación— estaba fuera de la vista.

Panchita todavía cocinaba en un fogón de leña, el horno de arcilla tradicional de los Chorotega, el pueblo indígena que habitaba Nicoya antes de la llegada de los españoles, en 1522. Se movía despaciosa y pausada, calentando porotos y condimentándolos con ajo y cebollas. De un recipiente de terracota extrajo un maíz grisáceo que había estado macerándose en jugo de lima durante la noche, escurrió los granos y los molió hasta convertirlos en una masa. Amasó unas tortillas y las asó directamente al fuego. Derritió un trozo de manteca de cerdo en una olla de hierro y frió huevos. Finalmente, cortó láminas de queso fresco tan finas como un papel, una tarea impresionante dado que apenas podía ver el queso, y mucho menos, sus dedos.

En alrededor de 30 minutos, nos presentó el almuerzo: pequeñas porciones de porotos, tortillas de maíz y un huevo en un plato pequeño. La porción parecía inmensa, pero era cerca de la mitad de lo que sirven para desayunar en el restaurante de su localidad. “¡La comida da vida!”, gritó, y nos dijo que nos sentáramos y comiéramos. Provocó en mí una profunda humildad como también me sentí privilegiado de que me ofrecieran esta comida preparada por una centenaria; pero luego de mucha discusión amistosa, me las arreglé para convencer a Panchita de que ella y Luis eran quienes deberían comer el almuerzo. Elizabeth y yo teníamos el nuestro esperándonos en la hostal Dorati.

Durante nuestra caminata de regreso, le dije a Elizabeth que coincidía con sus observaciones sobre la fe y la longevidad. La fe de Panchita era sorprendente, su creencia absoluta de que sin importar qué tan mal estuvieran las cosas, Dios se encargaría de todo. Pensando en aquello, me di cuenta de que la mayoría de los 200 centenarios que conocí creían en un poder similar que los guiaba. Le pregunté a Elizabeth si la fe realmente tenía una incidencia profunda en la longevidad.

“Absolutamente —dijo—. Mientras mi equipo realizaba sus entrevistas, noté que cuando se les pregunta a los ancianos que se encuentran en mejor estado de salud ‘cómo están’, siempre contestan: ‘Me siento bien... gracias a Dios’.  Pueden estar ciegos y sordos, y tener dolor de huesos, pero aún dicen eso. Los psicólogos llaman a esto un locus de control externo. En otras palabras, tienden a ceder el control sobre sus vidas a Dios. El hecho de que Dios esté en control de sus vidas los alivia de ansiedades que de otra manera podrían sufrir, producidas ya sea por problemas económicos, espirituales o de bienestar. Van por la vida con la tranquila certeza de que alguien los cuida”. Había escuchado sobre un estudio que llegaba a estas conclusiones: los investigadores observaron a participantes que concurrían a servicios religiosos una vez al mes o más. Luego de siete años y medio, los investigadores descubrieron que el riesgo de muerte se reducía hasta en un 35%.

Más tarde ese día, Elizabeth visitó a Panchita y le hizo más preguntas. Durante la cena de esa noche, Elizabeth compartió un momento especial conmigo. “Estaba sola con esta persona adorable y mágica —comenzó—. No vive en una casa hermosa. Es tan pobre, y así y todo está tan satisfecha por lo que tiene. Hay una aceptación total. Pero aún así, quería ayudarla, así que le entregué $20”.

“Y… ¿qué pasó?”, pregunté.

“Me dijo: ‘No tenía dinero para comprar alimentos. Pero sabía que Dios proveería —mientras sostenía mi brazo—. Y ahora lo ha hecho’”.


Vea un video de Panchita Castillo en su rutina diaria y conozca, además, los secretos costarricenses para la longevidad.


Dan Buettner es un explorador, escritor y poseedor de un récord del Libro Guinness, cuyo nuevo libro se titula The Blue Zones: Lessons for Living Longer From the People Who’ve Lived the Longest (La Zona Azul: Lecciones para vivir más tiempo, por las personas que más han vivido) (National Geographic).

Adaptado con autorización de National Geographic Society del libro The Blue Zones: Lessons for Living Longer From the People Who've Lived the Longest, de Dan Buettner. Copyright © 2008 Dan Buettner. Todos los derechos reservados.

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Originalmente publicado en inglés en la edición mayo/junio 2008 de AARP The Magazine. Traducido por AARP. 

Estos enlaces son provistos solamente como fuentes de información. AARP no respalda, no tiene control y no se responsabiliza por estos sitios de enlace o por el contenido, publicidad, materiales, productos y/o servicios ofrecidos a través de sus páginas.  

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