La noticia que cambió la vida de Celestino Fernández provino de unos amigos que regresaban a México después de haber trabajado en una tierra mágica denominada "El Norte" por ellos.
"Regresaron a casa con dinero en los bolsillos, y estaban bien vestidos y satisfechos consigo mismos —afirmó Celestino—. Decían que todo era bonito en El Norte”.
Corría el año 1943, y Celestino, de 22 años de edad, era un campesino que trabajaba en los maizales y frijolares del estado de Michoacán, en la región centro occidental de México. Aquellos amigos que regresaban eran los llamados “braceros”, el fuerte ejército de trabajadores que Estados Unidos reclutaba para que se encargara de los oficios que habían quedado vacantes en las granjas y ranchos luego de que los jóvenes locales fueran enviados a la Segunda Guerra Mundial. Poco tiempo después, Celestino se convertiría en bracero.
Durante la década siguiente, trabajó en granjas y ranchos ubicados en Nebraska, Montana, Dakota del Norte, Dakota del Sur y, después, en el sur de California. Regresaba a casa cada año, tras finalizar los trabajos de temporada. Posteriormente, se casó con Ángela, quien más tarde se convertiría en la madre de sus cuatro hijos. El último de sus hijos nació en California, luego de que la familia emigrara a dicha zona en 1957.
El grupo familiar se estableció en Santa Rosa, donde Celestino trabajaba en un huerto de manzanos y en un terreno de golf, aferrado al sueño de regresar a su “México lindo y querido”, como dice la sentimental canción, favorita de todos los emigrantes.
Celestino narró la saga de su familia 47 años después, cuando junto con Ángela se encontraban de regreso en su tierra natal, Santa Inés. Allí vivían en la espaciosa vivienda de adobe que el padre de éste había construido, y que ellos habían ampliado para dar cabida a sus hijos y nietos cuando vinieran de visita de Estados Unidos.
| [Los Fernández] forman parte de una corriente en constante crecimiento que profundiza los lazos entre México y Estados Unidos |
"Mis padres vivieron en Estados Unidos durante 30 años, pero ellos lo veían como que simplemente estaban trabajando aquí —afirmó Celestino Fernández (hijo), profesor de sociología de la Universidad de Arizona—. Seguían manteniendo su casa en Michoacán, y ésa era su verdadera casa”, agregó el estudioso del patrón de la emigración mexicana hacia Estados Unidos.
Pero Estados Unidos se convirtió gradualmente en “la verdadera casa” de sus hijos y nietos, y, como resultado, Celestino y Ángela ahora creen que pertenecen a dos países. Ambos dividen el año entre Santa Inés y Santa Rosa, donde vendieron su casa para comprar otra en una comunidad de jubilados. Actualmente, forman parte de una corriente en constante crecimiento que profundiza los lazos entre México y Estados Unidos.
A Culberto “José” Maldonado, el regreso a México le tomó dos generaciones.
Sus cuatro abuelos emigraron desde México, pero Maldonado es un tejano nativo con una historia de vida completamente norteamericana. Luego de completar sus estudios secundarios en Corpus Christi, se alistó en la Fuerza Aérea; más tarde, fue ascendido a oficial comisionado; estuvo al frente de una dotación de combate con misiles, en Dakota del Norte, durante los años de la Guerra Fría; finalmente, se retiró como profesor asistente de español, en la Academia de la Fuerza Aérea, en Colorado Springs, Colorado.
A los 67 años, todavía lleva la Fuerza Aérea en sus venas. Su casa, en Colorado Springs, linda con los extensos terrenos de la Academia. Pero nunca perdió sus ataduras con México donde adquirió, junto con su mexicana esposa, Gloria, una segunda vivienda en el pueblo colonial de San Miguel de Allende, en Guanajuato. Allí planean pasar la mitad del año.
"Es una comunidad formada por miles de norteamericanos y canadienses que viven ahí permanentemente —dice Maldonado, quien es miembro de la Junta Directiva de AARP—. Lo que más nos agrada es que allá nadie se discrimina. Todos forman parte de la comunidad y participan en toda clase de organizaciones, desde la biblioteca hasta el cuidado de la salud”.
| ‘La llamamos el terremoto demográfico, porque queremos demostrar la necesidad que existe de hacer algo más por una población de personas de edad avanzada que crece constantemente’ |
Maldonado también está ansioso por disfrutar de la rica tradición cultural de San Miguel de Allende. "Celebran un festival de jazz y otro de música cubana; siempre se está haciendo algo, y todos los fines de semana se llevan a cabo paseos a lugares diferentes”.
Energía y experiencia
La tendencia representada por los Fernández y Maldonado agrada a Pedro Borda Hartmann, director del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores. Él espera aprovechar la energía y experiencia de los mexicano americanos que regresan, a medida que construye la nueva organización, la cual se prepara para la gran ola demográfica que ha comenzado entre la población de México, superior a 100 millones de habitantes.
"La llamamos el terremoto demográfico, porque queremos demostrar la necesidad que existe de hacer algo más por una población de personas de edad avanzada que crece constantemente”, nos dijo Borda. Se espera que la población de mexicanos mayores de 60 años, que actualmente alcanza los 7,8 millones, llegue a los 36 millones de personas para el 2050. Asimismo, añadió que el porcentaje que representan saltará del actual 8 por ciento a un 28 por ciento.
"Por tal motivo, tenemos mucho que hacer”, agregó Borda, quien trabaja sin cesar. El instituto ya tiene oficinas en cada uno de los 31 estados mexicanos y ha organizado varios miles de clubes que ofrecen clases de baile, oratoria, historia y reparación de equipos, por mencionar algunas pocas. Las clases no son gratis, pero su precio es muy bajo. “Cobramos 3 dólares cada 3 meses”, informó.
Por sólo 10 pesos (menos de un dólar), el Instituto también ofrece consultas médicas en cuatro centros de atención. La tarjeta de membresía también permite obtener un 50 por ciento de descuento en todos los análisis de laboratorio. La creciente lista de servicios y beneficios fue originalmente diseñada para la población mexicana de edad avanzada, donde sólo una de cada cuatro personas recibe una pensión. Pero Borda afirma que el Instituto también anima a inscribirse a los que no son mexicanos.
“Tienen mucha experiencia y muchas cosas que ofrecer” sostiene Borda, a quien le gustaría invitar a los jubilados norteamericanos a impartir las lecciones y a formar parte del personal de las oficinas administrativas. “Si pudieran trabajar una hora al día, o una hora a la semana, sería fantástico”.
Sin importar cuáles sean los intereses de los jubilados de “El Norte”, Borda los anima a contactarse con el Instituto. "Podemos servirles de guía para que vuelvan a incorporarse a México”.
Seguridad, no inseguridad
Otra organización importante para los jubilados del norte de la frontera es la Administración del Seguro Social de los Estados Unidos, que todos los meses envía pagos de aproximadamente 24 millones de dólares a casi 50.000 beneficiarios que viven en México.
Cerca de uno de cada cinco de los beneficiarios son norteamericanos nativos que han sentado raíces en cálidas comunidades para personas jubiladas, como Chapala, una comunidad a la orilla de un lago cerca de Guadalajara o San Miguel de Allende. El resto, son mexicanos nativos que se trasladaron a Estados Unidos y que han regresado a su tierra natal para pasar lo que los mexicanos llaman “la tercera edad”.
No es sorprendente que más de la mitad provenga de los cuatro estados centro occidentales de México, incluyendo Michoacán, de donde Estados Unidos reclutó a la mayoría de los braceros, pioneros de las redes migratorias que se mantuvieron fuertes mucho después de que el programa de los braceros concluyera, en 1964.
Pero el caos que rodea los cheques del Seguro Social demuestra el problema crónico de la corrupción que se esconde tras el éxodo continuo de los mexicanos en busca del legendario “sueño americano”.
| ‘Es importante no idealizar o enamorarse de un lugar que se tiene planificado para la jubilación, sin importar cuál sea’ |
"Muchos de los cheques han sido robados en el correo”, dice Faith Hunt, funcionaria regional de beneficios federales en la embajada estadounidense de la Ciudad de México. Recién llegaba de una reunión de tipo cabildo abierto, en Michoacán, donde promovía un programa para proporcionar depósito directo para los pagos del Seguro Social en bancos de Estados Unidos.
El programa ha tenido un éxito rotundo. Guadalupe Álvarez, de 92 años, que cosechaba remolachas en Nebraska, algodón en Texas y almendras en California, nos explica el motivo. "El cheque es el único dinero que tengo, y cuando me lo robaban, me ocasionaba graves problemas”, dijo mientras descansaba bajo un pequeño altar de la Virgen de Guadalupe, en el patio de su casa, en el pueblo de Eticuaro.
Pocas semanas antes, las autoridades federales de México habían arrestado a seis hombres por acusaciones de hurto de cheques del Seguro Social.
Aunque el depósito directo ofrece una protección segura contra el hurto de cheques, el Departamento de Estado de Estados Unidos anima a los jubilados a considerar otra forma de protección: el cuidado de la salud, ya que el Medicare no se extiende hasta México.
"En los países donde residen muchos expatriados estadounidenses, como es el caso de México, es posible que se encuentren compañías locales privadas internacionales de seguros de salud, las cuales ofrecen cobertura a los ciudadanos y residentes norteamericanos —indica el Departamento de Estado—. Una vez que usted llegue a su destino, contáctese con las organizaciones locales en las comunidades norteamericanas para informarse sobre estas compañías”.
Esta sugerencia, junto a otras informaciones, está disponible en la sección de Consejos para los estadounidenses residentes en el extranjero de la página de internet del Departamento de Estado (disponible soló en inglés).
Jeffrey Davidow, antiguo embajador de Estados Unidos en México, nos ofrece otro consejo acerca de cómo elegir el lugar para jubilarnos. Davidow, quien recientemente redactó un memo rebosante de relatos que ilustran su fascinación con la historia, cultura y política de México, aconseja un período de prueba de tres meses a un año.
"Es importante no idealizar o enamorarse de un lugar que se tiene planificado para la jubilación, sin importar cuál sea —aconsejó Davidow—. Es una buena idea no vender la casa inmediatamente ni mover todos sus bártulos. Quizás sea mejor alquilar en vez de comprar. Dése a usted mismo tiempo para evaluar el lugar”.
Es un plan factible, tanto para los mexicanos nativos que regresan a casa como para los demás. “Algunas veces, el lugar al que uno piensa regresar dejó de existir”, concluyó Davidow.