Ruedas hechas a medida, sistemas hidráulicos que pueden hacer que un automóvil, literalmente, dé pequeños saltos y un televisor de plasma en el baúl. Los autos lowrider llaman la atención.
V iajar en tan espléndidamente detallados automóviles y camionetas de época ha sido, por medio siglo, un pasatiempo popular entre los varones mexicano estadounidenses.
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Ahora es un pasatiempo multicultural y multigeneracional en el que, sin importar la edad, exhiben en detalle sus vehículos, como si fueran pavos reales mostrando su plumaje.
“Quiero salir a pasear en mi automóvil y que la gente lo vea y que me digan: ‘Hombre, tienes una montura impecable’”, dice Frank Leal, de 65 años y de Texas.
Él se inició como lowrider en 1978, para pasar más tiempo con su hijo. Este padre de seis y abuelo de 13 todavía pasa horas trabajando en su Caprice del año 1974.
Richard Ochoa Sr., cofundador del Lowrider Hall of Fame, dice que muchos abuelos concurren a eventos lowrider. Dice Leal: “Puede que muera siendo un lowrider”.