AARP Segunda Juventud - La publicación hispana de mayor relevancia para las personas de 50 años o más
Bienvenidoenglishespañol
Home
games
cocina
presence
rx drugs
seguro social
trends
health
Finance
travel
deportes
entertainment
contact us
AARP Segunda Juventud Servicios de lector’a
AARP en español
AARP Puerto Rico

 

PUBLICIDAD

 



Aunque Rory Dunn (extrema derecha) vive solo, aún recibe ayuda de su madre, Cynthia Lefever, y su padrastro, Stan. Foto: Erika Larsen/Redux 

Cuando los heridos regresan de la guerra
En una época en que más que nunca las tropas sobreviven las aterradoras heridas de guerra, cada vez más padres deben asumir la función de prestadores de cuidados de largo plazo.

Por Barry Yeoman
julio/agosto 2008

Reportaje especial multimedia sobre los veteranos de la guerra en Iraq, en aarp.org

Pero algunas batallas se pelean en casa: Puerto Rico sufre los daños colaterales de la guerra en Iraq

Recursos para veteranos de guerra puertorriqueños 

Cynthia Lefever no tuvo ocasión de ver a su hijo Rory Dunn, especialista del ejército, antes de que lo enviaran a Iraq, con 24 horas de aviso previo, en marzo del 2004. El robusto atleta de 1,92 de estatura, hombros anchos y ojos color café se había alistado dos años antes, cuando los trabajos en el área de la construcción empezaron a escasear en Seattle. “Me enojé mucho”, cuenta Cynthia, de 57 años. Sabía que la guerra en Afganistán se estaba intensificando y que la invasión de Iraq era inminente.

“Obviamente, como madre, me preocupé por su seguridad y bienestar”, dice. “Pero él había tomado una decisión adulta y yo la apoyé”. Tres meses después del despliegue de Rory, el día que cumplía 22 años, Cynthia estaba sentada en la sala de su hogar en Renton, Washington, escribiéndole un correo electrónico para enviarle un saludo de cumpleaños de sus parientes y amigos, cuando sonó el teléfono. Era el capitán de Rory llamando desde Fort Drum, Nueva York.

Al oficial le temblaba la voz cuando le dio la noticia: un par de dispositivos explosivos improvisados (IED) habían estallado junto al humvee en el que viajaban Rory y su unidad, que patrullaban cerca de la ciudad de Faluya. Las esquirlas de las explosiones simultáneas perforaron el vehículo descorazado. El capitán entregó pocos detalles sobre el incidente en el que murió el mejor amigo de Rory y otro soldado que viajaba con ellos en el humvee.

Lo que sí explicó fue que Rory había sufrido una lesión craneal penetrante y que estaba “gravemente herido”. Cynthia entró en estado de emergencia. Intentó mantener la calma mientras fue a buscar papel y lápiz. Después volvió e hizo más preguntas: ¿Dónde estaba su hijo? ¿Qué tipo de lesiones tenía exactamente? ¿Qué tan “gravemente” herido estaba? Arriba podía escuchar al padrastro de Rory, Stan Lefever, de 48 años, que acababa de llegar del trabajo. Para cuando dejó su portafolio y bajó, Cynthia ya había cortado. Todavía no sabía qué tan graves eran las heridas de Rory. Llorando, se volvió hacia su marido. “Nuestro hijo”, dijo, “está herido”.

Sabiendo que la explosión lo había dejado practicamente sordo, Cynthia Lefever se inclinó junto a la cama de su hijo con los labios cerca de su oído. "Soy mamá", le gritó. "No vas a morir. No se te ocurra morirte".
Al día siguiente, Cynthia y Stan iban camino al hospital militar estadounidense de Landstuhl, Alemania, junto a los tres hermanos de Rory y a su padre biológico, Patrick Dunn, para esperar a que Rory llegara de Iraq. Cinco días más tarde, después de que los médicos estabilizaron a Rory como para trasladarlo, lo llevaron al hospital de Landstuhl en una camilla.

Lo único que Cynthia reconoció fue la planta de los enormes pies de su hijo. Le faltaba el ojo derecho y el izquierdo estaba muy inflamado. Sesenta grapas mantenían su cuero cabelludo unido. Un cirujano le dijo a Cynthia, que es católica, que Rory probablemente no sobreviviría. Pese a esta noticia, se negó a dejar que un sacerdote le diera la unción de los enfermos. En cambio, sabiendo que la explosión lo había dejado prácticamente sordo, se inclinó junto a la cama con los labios cerca de su oído. “Soy mamá”, le gritó. “No vas a morir. No se te ocurra morirte”.


En ese momento, Cynthia pasó a ser parte del creciente número de padres que, por necesidad, vuelven a asumir la función de cuidadores de sus hijos cuando regresan de las guerras de Iraq y Afganistán con heridas debilitantes y, a menudo, de largo plazo. Según los funcionarios de tres organizaciones nacionales —Wounded Warrior Project (WWP, Proyecto Guerrero Herido), Military Family Network (Red de Apoyo a Familias con Miembros Militares) y Coalition to Salute America’s Heroes (CSAH, Coalición para Rendir Homenaje a los Héroes Estadounidenses)—, aproximadamente 10.000 veteranos de estos recientes conflictos dependen de sus padres para su atención.

El precio de la guerra

*Tropas que regresan con trastorno de estrés postraumático (TEPT): 13,8% o 226.000

*Tropas que regresan con depresión profunda: 13,7% o 225.000

*Costo por dos años de tratamiento del TEPT y depresión profunda: $4.000 a $6.200 millones de dólares

Los hechos de la guerra

*Fuerzas en servicio activo de entre 17 y 24 años: 47%

*Personal militar que no está casado: 48%

*Tropas que regresan, pero informan de la muerte o una lesión grave de un amigo: 49%

Fuente: “Invisible Wounds of War” (Heridas de guerra invisibles), Centro RAND para la Investigación de las Políticas de Salud Militar, 2008

De improviso, estos padres han tenido que renunciar a sus trabajos, dejar de lado los planes de jubilación y mudarse para poder estar con sus hijos e hijas heridos. Muchos de ellos se convirtieron en guerreros que luchan para asegurarse de que esta nueva ola de veteranos heridos reciba la atención médica y la rehabilitación que le hace falta.

Estos padres prestadores de cuidados, algunos baby boomers (nacidos durante la explosión de nacimientos, entre 1946 y 1964) y otros mayores, enfrentan uno de los grandes desafíos del siglo XXI: sus hijos regresan a casa en cantidades sin precedentes, con heridas que habrían sido fatales en los conflictos anteriores.

“Esta es una guerra que ocasiona discapacidades, no una guerra de muertes”, reflexiona el ex médico del Ejército, Dr. Ronald Glasser, autor de Wounded: Vietnam to Iraq (Heridos: de Vietnam a Iraq) (George Braziller, 2006). “Su herencia son los pabellones de ortopedia y neurología, no el cementerio”.

No sólo tienen mejores cascos y blindajes personales que les salvan la vida, sino que la medicina en el campo de batalla es casi milagrosa. Un soldado que llega al Hospital Theater de la Fuerza Aérea en Balad, Iraq, tiene el 96% de probabilidades de sobrevivir. A veces se lo puede trasladar a Estados Unidos en menos de 36 horas desde que sufrió la herida. Como resultado, sólo hay 6 muertes por cada 100 heridas en Iraq y Afganistán, en comparación con las 28 por cada 100 en Vietnam, y 38 en la Segunda Guerra Mundial, según Linda Bilmes, una investigadora de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard.

Si bien, esta tasa de supervivencia es alentadora, la otra cara es que muchas de estas heridas son aterradoras y necesitan cuidados complejos y a largo plazo. Parte del motivo radica en que la naturaleza de la guerra ha cambiado: las tropas de hoy se enfrentan a la amenaza constante de los explosivos improvisados. Cuando estas bombas detonan, emiten ondas de presión tan intensas que el cerebro de cualquier persona que se halle cerca literalmente estalla dentro de su cabeza.

“Son explosiones enormes”, afirma Glasser. “La física es sorprendente: pueden hacer volcar un tanque de 70 toneladas. Cualquier persona atrapada en la onda de impacto se verá en graves problemas”. A veces, el tejido cerebral lesionado se inflama de tal manera que es necesario extirpar parte del cráneo para que el cerebro tenga suficiente espacio.

Hasta el 29 de abril, el Pentágono informó un total de 31.848 heridos en los conflictos actuales; sin embargo, los expertos independientes dicen que esa cifra es muy conservadora, ya que estiman que solo las lesiones cerebrales podrían ser 320.000, el 20% de los 1,64 millones que han prestado servicio hasta ahora, una cifra que el ayudante del secretario de Defensa para asuntos sanitarios, S. Ward Casscells, considera “plausible”.

“Esta es una guerra que ocasiona discapacidades, no una guerra de muertes. Su herencia son los pabellones de ortopedia y neurología, no el cementerio”.
—Dr. Ronald Glasser

Además de las lesiones físicas, existen miles de casos de depresión y trastorno de estrés postraumático (TEPT). El año pasado, los inspectores militares detectaron problemas psicológicos en el 31% de los Infantes de Marina, el 38% de los soldados y el 49% de la Guardia Nacional que regresan de la guerra. La mayoría de los heridos, adolescentes y veinteañeros, lógicamente recurren a sus padres para recibir la atención de cuidados.

Muchos de los heridos aún son solteros. Otros están casados; pero sus cónyuges no pueden o no quieren atender a un herido de gravedad. Como resultado de esto, en todo el país, los padres son los que deben ocuparse de limpiar quemaduras, succionar tubos de traqueotomía y bañar a sus hijos adultos. Los asisten con la terapia física y ocupacional, abogan por los beneficios, afrontan las crisis de salud mental y ayudan a sus hijos con lesiones cerebrales a que aprendan nuevamente ciertas habilidades; van y vienen de los hospitales de Veterans Affairs (VA, Asuntos de Veteranos) donde asisten a citas para pacientes externos. En resumen, postergan sus propias vidas.

Por ejemplo, Patty y Bob Harvey, ambos de 58 años, esperaban jubilarse pronto y mudarse de Los Ángeles al condado de Humboldt, en el norte de California. Pero su hijo, el soldado de primera clase Nick Harvey, regresó de Iraq en abril del 2005 con una enfermedad mental que requiere que viva bajo la supervisión constante de sus padres. Ahora, la prioridad es la salud de su hijo Nick, de 27 años, y mudarse ya no es una opción. “No podemos apartarlo de su rutina”, explica Patty. “No sabemos qué podría provocarle un brote psicótico”.

 “Los sueños de toda la vida se echaron por tierra. No podrán hacer todo lo que se hace en los años dorados, porque ahora tienen otro trabajo: prestadores de cuidados a tiempo completo”.
— John Melia, director ejecutivo, Wounded Warrior Project
Los grupos de veteranos dicen que la historia de los Harvey es un caso bastante frecuente. “Conozco a muchos padres que están alcanzando la mediana edad, algunos de 50 ó 60 años, que ahora son prestadores de cuidados a tiempo completo”, cuenta John Melia, director ejecutivo del Wounded Warrior Project de Jacksonville, Florida, que asiste a los heridos de gravedad y a sus familias. “Los sueños de toda la vida se echaron por tierra. No podrán hacer todo lo que se hace en los años dorados, porque ahora tienen otro trabajo: prestadores de cuidados a tiempo completo”.


De regreso en Landstuhl, Alemania, los ruegos de Cynthia Lefever para que su hijo no se dejara morir dieron sus frutos. A pesar de la prognosis desalentadora del médico, Rory Dunn sobrevivió. Al día siguiente de su llegada de Alemania, lo trasladaron al Centro Médico del Ejército Walter Reed, en Washington, D.C., todavía en coma.

“Nos dijeron que no se iba a despertar”, recuerda Cynthia. “Después nos dijeron que si se despertaba, sería casi un vegetal”. Pero cuando finalmente salió del coma seis semanas más tarde, Rory sabía su nombre. Cuando dijo, a través de la válvula del tubo de traqueotomía, “Estoy bien”, uno de los médicos levantó a Cynthia por el aire y le hizo dar vueltas en un baile de festejo espontáneo.

Sin embargo, Rory no estaba bien. Había perdido el ojo derecho, estaba ciego del izquierdo, no podía caminar, apenas podía oír, necesitaba una operación para reparar su cráneo destrozado y el lóbulo frontal del cerebro estaba dañado, lo que lo dejó desmotivado para levantarse de la cama y sin ningún control para expresar su ira. Amenazó con suicidarse: “No quiero vivir así”.

Cynthia, que había empacado una sola maleta antes de dejar su hogar en el estado de Washington, se mudó a un hotel cercano al hospital, donde permaneció diez meses. Su esposo, Stan, cambió de horario en el trabajo para poder visitarla. Mientras los médicos trabajaban para reparar el cuerpo de Rory (reconstruirle la frente, hacerle un trasplante de córnea, enseñarle a caminar de nuevo), Cynthia trabajaba para devolverle su independencia: jugaba con él para que ejercitara el cerebro y lo corregía cuando decía algo mal.

Mi esposo y yo “podíamos abrazarnos, pero Rory estaba en la habitación con nosotros”, recuerda Cynthia Lefever. “No hicimos el amor durante mucho tiempo. Eso fue bastante difícil”.
Cuando por fin Rory pasó a ser paciente externo y se mudó al hotel con su madre, ella le pedía que se encargara del lavado de su ropa y administrara su propio dinero. “Sé que estás ciego”, le decía, “pero sabes dónde queda la sala de lavado”. Fue una época de desafíos emocionales y económicos. Cynthia había renunciado a su trabajo y Stan debía dejar pasar las oportunidades de trabajar tiempo extra, y viajar era caro. Cuando la pareja hablaba por teléfono, “tenía que oírme quejarme y reclamar por el sistema y el Ejército y mis frustraciones”, dice Cynthia. Hasta las visitas quincenales se volvieron muy tensas. “Podíamos abrazarnos, pero Rory estaba en la habitación con nosotros”, recuerda Cynthia. “No hicimos el amor durante mucho tiempo. Eso fue bastante difícil”.

Otro desafío para Cynthia fue sentir que el Ejército estaba tratando de darle el alta a Rory antes de que estuviera listo. Si le daban la baja oficial del servicio activo, trasladarían a Rory de Walter Reed, administrado por el Ejército, al sistema médico de Veterans’ Affairs (VA), que cae bajo una rama del gobierno distinta. Estaría, entonces, bajo la jurisdicción de otro sistema de salud. Cynthia estaba convencida de que su hijo aún necesitaba la atención de los cirujanos de primera de Reed, pero el Ejército quería hacerlo firmar el papel que iniciaría el proceso de baja.

“A los pocos días de que saliera del coma, el coronel de Walter Reed estaba junto a la cama de Rory, poniéndole un bolígrafo en la mano”, cuenta. “Rory no tenía frente, ni vista, ni audición; no podía caminar y estaba drogado con fentanyl”. Cynthia se puso de pie y tomó el bolígrafo de la mano de su hijo. Recuerda haber dicho: “Rory no firmará nada hoy”. Así comenzó una campaña de nueve meses para que dejaran a Rory en Walter Reed, por la vasta experiencia en el tratamiento de heridas de guerra.

“Hay que presentar un caso; es casi como ser abogado”, explica Cynthia. “Cuando no estaba con Rory, estaba en internet haciendo mis investigaciones o en la biblioteca o enviando cartas”. Asistió a reuniones con los administradores del hospital. Buscó el apoyo de la senadora Patty Murria (demócrata-Washington), que se convirtió en su amiga y aliada. Y pescó a todos los políticos que visitaron Walter Reed para que los fotografiaran con los heridos.

“Golpeaban a la puerta de Rory y yo les decía: ‘¿Quién es usted? Déjeme su tarjeta. ¿Qué puede hacer para ayudar a mi hijo?’” Todo ese “acoso”, como lo llama, tuvo sus frutos: a Rory no le dieron el alta hasta que estuvo lo suficientemente bien para que lo transfirieran al programa de VA de rehabilitación para pacientes internos, en Palo Alto, California.

“Necesitas un campeón en tu equipo. Necesitas una persona que reclame, una que se altere, alguien que sepa computación y otra persona que sepa entender las letras pequeñas en asuntos legales. Es desalentador”.
—S. Ward Casscells, ayudante del secretario de Defensa para asuntos sanitarios

El ayudante del secretario de Defensa para asuntos sanitarios, Casscells, dice que está al tanto de la existencia de quejas de quienes reciben el alta antes de tiempo y reconoce que son “legítimas para algunas personas”, pero afirma que no sabe a cuántas personas afecta el problema. “Existe una tendencia de transmitir solo las buenas noticias a las autoridades", comenta. “Algunas de las malas noticias nunca me llegan”.

Casscells dice que el Departamento de Defensa intenta transferir a los miembros del servicio del sistema militar al de Asuntos de Veteranos (VA) “tan pronto como sea beneficioso [para el paciente]”, porque muchos hospitales de VA son “más modernos que los hospitales militares”. Pero agrega que los padres deben decir lo que piensan si sienten que sus hijos son mal atendidos. “Necesitas un campeón en tu equipo”, expone. “Necesitas una persona que reclame, una que se altere, alguien que sepa computación y otra persona que sepa entender las letras pequeñas en asuntos legales. Es desalentador”, admite.

Los padres de los combatientes heridos coinciden en que defender los derechos de sus hijos lesionados es una de las partes más difíciles, pero esenciales, de lo que hacen. “No estoy criticando a las Fuerzas Armadas”, dice Jerima King, de 50 años, residente de Colorado Springs, cuya hija, la teniente del Ejército Anna King-McCrillis, de 26 años, sufrió una lesión cerebral en Iraq. “Pero un soldado puede ir a parar al limbo si no hay alguien que se preocupe exclusivamente por su seguridad las 24 horas del día”.


“Levanté mi mano para proteger la Constitución de Estados Unidos y me encerraron en una jaula”.
—Rory Dunn, especialista del ejército
Desde luego, Cynthia hizo un esfuerzo inmenso para asegurarse de que su hijo Rory estuviera a salvo. Mientras esperaba recibir una operación en Walter Reed, fue hospitalizado provisoriamente en el Centro Médico de VA Hunter Holmes McGuire, en Richmond, Virginia, donde recibió rehabilitación cerebral especializada. Allí, recuerda Cynthia, estaba confinado, sin botón de emergencia, a una cama cerrada (ella la llama una “cama-jaula”). Una vez, cuenta Cynthia, después de hacerse pis en la cama, una enfermera lo llamó “un niño sucio” y lo obligó a sentarse desnudo mientras cambiaba las sábanas.

Con el correr del mes, Rory se sintió cada vez más desmoralizado. “Levanté mi mano para proteger la Constitución de Estados Unidos”, dice, “y me encerraron en una jaula”. Al ver el desamparo de su hijo, Cynthia solía firmar su salida y volver a entrar a la habitación de Rory, a escondidas, para asegurarse de que no lo maltrataran.

Los funcionarios de Asuntos de Veteranos insisten en que Rory recibió la atención adecuada mientras estuvo en McGuire. Dicen que estaba atado por su propia seguridad y que sí tenía un botón de emergencia; además, insisten en que las enfermeras lo controlaban con frecuencia. “Por lo que sabemos”, expresó la agencia en una circular, Rory nunca fue tratado “de manera condescendiente”.

Pero las familias de militares y sus defensores de derechos dicen que la insatisfacción de Cynthia con el tratamiento de su hijo es algo que sucede demasiado frecuente. “Para muchas personas, las iniciales VA provienen de ‘adversarios de los veteranos’”, dice el diputado Bob Filner (demócrata-California), quien preside el Comité de Asuntos de Veteranos de la Cámara de Representantes. Los pacientes deben esperar semanas y hasta meses para conseguir una cita. Los administradores de casos suelen estar sobrecargados de trabajo. El tratamiento de la salud mental es inconsistente. En el 2006, la subsecretaria de Salud del Departamento de Asuntos de Veteranos, Frances Murphy, dijo que era “prácticamente inaccesible”. Y, en la mayoría de los casos, se rechazan las solicitudes de terapias especializadas en hospitales civiles.

“Debemos decidir cuáles son nuestras prioridades”, declaró Cynthia Lefever. Eso incluye establecer un sistema más ambicioso y sensible para atender y rehabilitar a los combatientes que regresan con lesiones cerebrales y trastorno de estrés postraumático. “Demasiados veteranos caen en el olvido”.

Para muchos padres, tratar con Asuntos de Veteranos se convierte en la parte más frustrante de la recuperación de sus hijos. “Tienes que luchar todos los días para conseguirle a tu soldado lo que necesita”, cuenta Valerie Wallace, de 46 años, que vive en Odessa, Florida. Su hijo, el sargento John Barnes, de 24 años, sufrió una lesión cerebral en Iraq.

Michael Kussman, subsecretario de Salud de Asuntos de Veteranos, afirma que el departamento se está esforzando por mejorar la atención al disminuir a 30 días el tiempo de espera para obtener una cita, al contratar defensores de transición” que ayudan a los pacientes a través del sistema y al agregar casi 4.000 especialistas en salud mental adicionales. Los hospitales de Asuntos de Veteranos están equipados para atender las necesidades de la mayoría de los miembros del servicio que regresan, afirma Kussman; pero la agencia, en ocasiones, subcontrata la atención a hospitales civiles si “es lo mejor para el paciente”.


La madre de Rory Dunn, Cynthia, no sabía qué pasaría con la vida de su hijo y la suya cuando regresaran a su hogar en el estado de Washington. Sin embargo, la recuperación del soldado ha superado las expectativas de los médicos. A los 26 años, vive solo, a quince minutos de su madre y su padrastro, y pasa la mayor parte del tiempo viajando para conocer a otros soldados heridos. Ha recuperado sus habilidades cognitivas; pero continúa teniendo algún daño cerebral como consecuencia de la explosión.

“Me enojo con facilidad”, reconoce. “No tengo mucha paciencia con la gente estúpida, me molestan”.

Ya no tiene tantas pesadillas ni reviviscencias. Puede ver fuegos artificiales sin asustarse. Pero en otras situaciones, Rory permanece vigilante, no puede usar el autobús por miedo a los extraños y en los restaurantes se sienta de espaldas a la pared. Su visión y audición son limitadas. A pesar de eso, dice Rory, permanece positivo con respecto a su futuro.

Aunque Cynthia ya no necesita prestarle cuidados todo el día ni todos los días, “lo que vivimos nos acercó y nos fortaleció”, cuenta. Y esto le ha dado la oportunidad de tener una nueva causa.

Ahora, ella se dedica a defender los derechos de los veteranos heridos. Da conferencias, se reúne con las familias y los funcionarios gubernamentales y, en el 2007, habló ante el equipo de trabajo del Departamento de Defensa que se dedica a estudiar el sistema militar de salud mental. “Debemos decidir cuáles son nuestras prioridades”, declaró. Eso incluye establecer un sistema más ambicioso y sensible para atender y rehabilitar a los combatientes que regresan con lesiones cerebrales y trastorno de estrés postraumático. “Demasiados veteranos caen en el olvido”, dice.

Cynthia sabe que tuvo suerte por cómo resultaron las cosas para Rory. No todos los veteranos tienen familias que puedan entender el sistema y hacer que funcione a su favor. Algunos no tienen ningún pariente. ¿Y qué ocurre cuando los veteranos seriamente discapacitados viven más que los padres que les brindan atención?

“Durante el año que estuvimos en Walter Reed y el tiempo que pasamos en los centros de rehabilitación, vimos a muchas familias que no sabían qué hacer”, recuerda. “Ahora, todos somos responsables por esta nueva generación de veteranos. Y no solamente debemos preocuparnos por los miembros del servicio. También hay que ofrecerles apoyo y atención a los prestadores de cuidados”.

Barry Yeoman, desde Carolina del Norte, es un colaborador habitual de AARP The Magazine.


El hogar de los valientes

En junio del 2005, Francisca Martinez, de 81 años (sentada en el centro, de vestido blanco, entre su numerosa familia) se enteró de que un terrorista suicida había atacado el convoy de su hijo en las afueras de Kandahar, Afganistán. Ramiro Martinez, de 50 años (sentado a la derecha de Francisca), sargento primero de la Guardia Nacional del Ejército de Texas, había llegado a ver la cara de su agresor antes de que la bomba volara la furgoneta amarilla. La explosión le quemó los brazos y la cara, y un fragmento de acero de cinco centímetros le atravesó el casco y se le incrustó en el cerebro.

Francisca viajó desde su hogar en San Benito, Texas, al Centro Médico del Ejército Brooke, en San Antonio, donde se quedó con la esposa de Ramiro, Mary Jane (parada detrás de Ramiro), durante cuatro semanas. Sabía que las heridas de su hijo iban a ser graves, pero estaba preparada para hacer lo que fuera necesario. “Debo ser valiente por mis hijos”, comenta. La lesión había paralizado el lado izquierdo del cuerpo de Ramiro y los médicos tuvieron que extirparle parte del cerebro. Debería someterse a una intensiva terapia física.

Durante todo el tiempo en que luchó por recobrar el uso de sus extremidades, Francisca lo alimentó, le masajeó las piernas y se aseguró de que estuviera cómodo. También le hizo compañía y le brindó alivio a Mary Jane, de 46 años. “Si yo estaba cansada, ella me decía: ‘¿Por qué no vas a dormir una siesta y regresas más tarde?’”, recuerda la esposa del sargento. “O me decía: ‘¿Por qué no vas a comer algo?’” Juntas, ambas mujeres ayudaron a Ramiro durante 16 horas por día hasta que, paso a paso, comenzó a caminar de nuevo. Al final, logró volver a casa en Austin, donde ahora recibe atención como paciente externo. —Barry Yeoman


Luchando por la vida

Antes de ser herido en Al Anbar, Iraq, el sargento Infante de Marina Shurvon Phillip le dijo a su madre, Gail Ulerie, de 48 años, que no se preocupara por su seguridad. “Todo va a salir bien, má”, le dijo. “Estoy leyendo los Salmos”. Luego, en mayo del 2005, el humvee de Shurvon detonó un dispositivo explosivo improvisado, lo que le provocó las lesiones cerebrales que lo dejaron cuadrapléjico e incapaz de hablar.

Gail, una inmigrante que había llegado a Estados Unidos desde Trinidad, tuvo que renunciar a sus dos trabajos para poder cuidar de su hijo de 27 años. Al principio, la tarea le resultaba agobiante. “Dios, no sé si puedo hacerlo”, gritó un día mientras bañaba a Shurvon. Pero hoy, después de haber afrontado muchas cirugías e infecciones de Shurvon, Gail ha aceptado su nueva vida de atención a su hijo. Ahora pasa su tiempo con él entre hospitales, centros de rehabilitación y su hogar en Richmond Heights, Ohio. Lo baña y lo ayuda a ejercitar brazos y piernas. Y dado que es propenso a vomitar, se queda siempre a su lado para asegurarse de que no se ahogue.

El Departamento de Asuntos de Veteranos paga por ocho horas diarias de cuidado de la salud en el hogar. El resto del tiempo, Gail se las arregla sola. Muchos padres en la situación de Gail pronto se dan cuenta de que el estrés puede ser devastador. Gail lucha por concentrarse y, a veces, tiene atracones. Usa una peluca para esconder su debilitado cabello. Sin trabajar, no puede permitirse pagar el tratamiento de cataratas, sin el cual los médicos dicen que podría quedar ciega; pero se rehúsa a enviar a Shurvon a una instalación de cuidados de largo plazo. “Nadie puede cuidar a Shurvon como yo”, afirma. —Barry Yeoman


Dónde obtener ayuda

Muchas organizaciones y agencias brindan asistencia a los veteranos de la guerra de Iraq y Afganistán y a sus familias. Para obtener una lista completa, visite aarp.org. Una lista de recursos para veteranos puertorriqueños de la guerra en Irak se encuentra aquí.

Coalition to Salute America’s Heroes
(CSAH, Coalición para Rendir Homenaje a los Héroes Estadounidenses)
Brinda ayuda económica, asistencia profesional y viviendas accesibles a personas discapacitadas para los veteranos heridos y sus familias.
914-432-5400
saluteheroes.org


The Coming Home Project
(Proyecto de Regreso a Casa)

Ofrece talleres de curación y retiros para los veteranos de la guerra de Iraq y sus familias.
415-387-0800
cominghomeproject.net

Wounded Warrior Project
(WWP, Proyecto Guerrero Herido)

Brinda asesoramiento profesional y sobre beneficios, además de oportunidades deportivas.
904-296-7350
woundedwarriorproject.org

Operation First Response
(OFR, Operación Primera Respuesta)

Entrega ropa, artículos de tocador y tarjetas telefónicas a los combatientes heridos, y los ayuda con los costos de vivienda y transporte.
888-289-0280
operationfirstresponse.org



Originalmente publicado en inglés en aarpmagazine.org.

Este artículo forma parte de un reportaje multimedia especial de AARP que incluye videos de veteranos lesionados y sus familias, especiales de radio y televisión exclusivos de AARP, foros de discusión, y listas de recursos para los que necesitan ayuda y los que desean ayudar. Para ver, escuchar y leer más, favor visitar aarp.org.

Estos enlaces son provistos solamente como fuentes de información. AARP no respalda, no tiene control y no se responsabiliza por estos sitios de enlace o por el contenido, publicidad, materiales, productos y/o servicios ofrecidos a través de sus páginas.

volver al comienzo


 
 





Conozca al embajador


Jorge Ramos

¡Reporte el fraude! Ayude a  AARP a monitorear los seminarios sobre inversiones.  
más »

Prepárese para cuidar a sus seres queridos: Una guía de planificación  cortesía de AARP Foundation.
más »


AARP está reuniendo a particulares, políticos y líderes de empresas para lograr un cambio social positivo.
más »



Inscríbase

Inscríbase gratis al Boletín mensual de AARP Segunda Juventud.org

 
PUBLICIDAD


www.aarp.org | contáctenos | política de privacidad
copyright 2009, AARP. Todos los derechos reservados.