“¿Conduce usted rápido?“ Los ojos de Chi Chi Rodriguez brillaron bajo su sombrero panameño de marca al hacerme la pregunta desde la puerta delantera de su Lexus, a punto de plegar su aún ágil (aunque sensible) cuerpo para ubicarse en el asiento del conductor—. No quiero perderla de vista”.
No importa que la fiesta de gala del Roberto Clemente Walker Celebrity All-Star Weekend, en la que Rodriguez fuera honrado la noche anterior, haya terminado pasada la medianoche. O que se haya levantado al amanecer para, bajo la lluvia, practicar golf con Juan Marichal, David Ortiz, Rod Gilbert y otros notables que participaban de este torneo de celebridades, en Fajardo, Puerto Rico. O que esta leyenda del golf, de 68 años, se haya resbalado en el campo mojado, embarrando sus pantalones para lluvia, para consternación de su esposa —durante 38 años—, Iwalanai.
| ‘Veo que damos trabajo a 150 personas; veo la oportunidad de enseñar golf a algunos niños y, probablemente, de descubrir al próximo Chi Chi Rodriguez, antes de que yo muera’ |
No, nada de eso importa. Chi Chi estaba impaciente por partir y yo iba a tener que exigir por demás a mi pequeño auto de alquiler para mantenerme cerca de él.
El prodigio puertorriqueño —de cinco pies con 7 pulgadas de estatura y 145 libras de peso—, que ha ganado 8 torneos del circuito de la Asociación de Golfistas Profesionales (PGA Tour), 22 del de Campeones (Champions Tour, también llamado Senior PGA) e innumerables premios por su labor humanitaria, estaba ansioso por mostrar su último gran proyecto: el Centro Vacacional de Golf El Legado (El Legado Golf Resort), en Guayama, en la costa sur de Puerto Rico, listo a ser inaugurado en el otoño.
Chi Chi e Iwalani, una ex-bailarina de hula-hula que Rodriguez conoció durante una de las giras que ella realizara, están comprensiblemente orgullosos de este proyecto —de 100 millones de dólares— que está transformando 285 acres de tierra árida y plana en un complejo que incluye una cancha de golf de campeonato, de 7.213 yardas, condominios, un hotel de lujo, una moderna sede y una escuela de golf. "Contaremos con una de las diez mejores canchas del mundo” —dice—.
“¿Sabe usted qué es lo que más me gusta de este lugar? Veo que damos trabajo a 150 personas; veo la oportunidad de enseñar golf a algunos niños y, probablemente, de descubrir al próximo Chi Chi Rodriguez, antes de que yo muera”.
El Legado significa “The Legacy”, en inglés, y Rodriguez se toma ese nombre muy en serio.
Fiel a su palabra, Rodriguez recorrió las 30 millas de camino a Guayama como un rayo, corriendo velozmente, por igual, en carreteras y caminos secundarios. Las fintas y quiebres que practicó con su vehículo fueron dignos de un hombre que era conocido en el circuito internacional de golf casi tanto por sus dotes de “esgrimista”, como por los birdies que precedían a su célebre rutina de la “estocada” —que llevaba a cabo con el putter—. En todo caso, de eso se trata, ¿no?
“Acostumbraba a poner mi sombrero sobre el hoyo cuando hacía un birdie putt, porque no quería que se ‘volara el pajarillo’ —explica Rodriguez—. Me pasó una vez, cuando era pequeño. Estaba jugando con otro niño e hicimos una pequeña apuesta. Tiré un putt largo —al hoyo— para hacer un birdie, pero había un sapo en el hoyo y saltó hacia afuera con mi pelota. El otro niño dijo que no valía, porque la pelota debía tocar el fondo del hoyo... y tenía razón. Luego de ese episodio, siempre ponía mi sombrero sobre el hoyo para mantener el ‘pajarillo’ adentro. Pero los otros jugadores se quejaron y el comisionado me pidió que hiciera algo diferente. Entonces se me ocurrió algo relativo a las corridas de toros: hacer un birdie es vencer al hoyo, tal como un torero vence al toro. Yo ‘mato’ al hoyo, limpio la sangre de la espada y la guardo… Sin embargo, en la vida real no me gustan las corridas de toros”.
No obstante, los aficionados adoran su rutina de torero, y Rodriguez tiene muchas oportunidades para compartirla. El año pasado jugó diez torneos, y es muy solicitado: sólo durante 2003 ha participado en cerca de 50 clínicas y exhibiciones de golf. “Todavía hago buenas clínicas —admite—. Disfruto haciendo reír a la gente”.
Eso ya no es tan común en el golf actual, dice Rodriguez. “Ahora veo a los que juegan los torneos, y ni siquiera miran a las tribunas”.
El actual jugador de golf es descortés en comparación con los jugadores de antes.
| ‘Todo lo que tuve lo compartí. Si usted se preocupa por tener que dar, nunca tendrá lo suficiente, de nada’ |
“Lamentablemente, los jugadores jóvenes de hoy son muy parecidos entre sí. Sólo Tiger Woods es diferente; y Phil Mickelson es un poco distinto; el resto, son todos iguales. Son buenos modelos a imitar, pero logran un tiro largo al hoyo y ni siquiera sonríen —asegura—. En el pasado, teníamos más jugadores con personalidad, porque no jugábamos por dinero; jugábamos por amor al deporte y a la competencia. Enfrentémoslo: sólo jugábamos para convertirnos en el mejor profesional en una cancha de golf. Ahora juegan para comprar la cancha”.
En estos días, Rodriguez parece jugar para los niños. Siendo uno de los primeros que accedió al Salón de la Fama de los Deportistas Humanitarios del Mundo (World Sports Humanitarian Hall of Fame), en 1994, Rodriguez ha ayudado, a lo largo de los años, a miles de jóvenes en desventaja. Desde 1979, la Fundación Chi Chi Rodriguez para Jóvenes (Chi Chi Rodriguez Youth Foundation), en Clearwater, Florida, ha mejorado apreciablemente la vida de jóvenes en riesgo a través de sus programas escolares, postescolares y de golf. Además, su evento Chi Chi Rodriguez G-Man Desert Shootout, que se realiza todos los años en Palm Springs, California, ha recaudado cientos de miles de dólares para proveer becas escolares a los hijos de agentes del FBI que han fallecido en cumplimiento del deber.
¿De qué manera se ha involucrado en todas estas actividades? “No tengo idea —sonríe Rodriguez—. Sólo ha ocurrido así”.
Es probable que tenga algo que ver con el hecho de haber crecido en la pobreza, en las afueras de San Juan; el quinto de seis hijos de un peón y un ama de casa que compartían lo poco que tenían. “Mi padre le daba su comida a cualquier niño hambriento que pasara, y luego se dirigía al patio trasero a recoger hierbas para comer —dice Rodriguez—. Todo lo que tuve lo compartí. Si usted se preocupa por tener que dar, nunca tendrá lo suficiente, de nada”.
Su generosidad le ha redituado resultados maravillosos. —“Contamos con miles de niños que han pasado por nuestra fundación y ahora son ingenieros, abogados, médicos y pilotos de F-16 —asegura Rodriguez—. Mi satisfacción es saber que fui enviado a este mundo para dejarlo mejor al momento de morir. Y eso es precisamente lo que quiero hacer”.
Rodriguez afirma que no se preocupa mucho por la religión organizada. Sin embargo, considera que su encuentro con la Madre Teresa, hace 30 años en un aeropuerto de Las Filipinas, es uno de sus logros más altos. “Le di la mano y todos los pelos del cuerpo se me erizaron”, cuenta. Hablaron durante 45 minutos; en su mayor parte, sobre buenas obras y compasión. “Fueron los mejores 45 minutos de mi vida”.
Hasta ahora...
El incontenible Rodriguez sigue enfocando la vida como si fuera una gran aventura, ya sea que esté desplazándose vertiginosamente por algún camino montañoso de Puerto Rico, haciendo planes para organizar un gran campeonato de golf para adultos mayores o debutando en el cine, tal como ocurriera el año pasado, cuando desempeñó un pequeño papel en la comedia Welcome to Mooseport, protagonizada por Gene Hackman y Ray Romano. En agosto pasado, Rodriguez jugó un partido de golf con Hackman —que desempeña el papel de un ex-presidente de Estados Unidos—, cuando filmaba la única escena en la que se representa a sí mismo.
“Siempre admiré a Gene Hackman como actor, y sabía que con Ray Romano se haría algo que los niños pudieran ver y reírse —dice Rodriguez, explicando por qué apareció ante cámaras a una edad en la que muchas personas empiezan, más bien, a alejarse de ellas—. Además —agrega—, es bueno tratar de hacer algo por primera vez en la vida cuando uno pasa los sesenta años de edad”.
—¿Ha tratado Rodriguez recientemente de hacer algo que no haya hecho nunca antes?
—¡Seguro! —dice Rodriguez con sarcasmo y sonriendo de oreja a oreja—. Escuchar a mi esposa.
Tal como dijo, a él le encanta hacer reír a la gente.
Publicado originalmente en la edición de julio/agosto 2004 de AARP The Magazine.
Cathrine Wolf, de Nueva Jersey, es ex-editora en jefe de la revista Golf Journal.