Ser vasco en Estados Unidos
Por Romel Hernández
abril/mayo 2007
Entre el enebro y la artemisa del desierto alto de Oregon puede encontrarse parte de lo que Francisco “Frank” Yraguen llama “la historia de Estados Unidos”. Es la historia de su abuelo, una historia similar a la de muchos vascos que inmigraron a este país para vivir y trabajar como pastores de ovejas.
Jose “White Horse Joe” Yraguen formó parte de una ola de vascos que emigraron al noroeste a fines del siglo XIX y principios del XX. Vino con su esposa Claudia, vivió en una casa de terrones de arenisca de un ambiente, llamada Antelope Ranch, y crió nueve hijos.
Cuando Frank Yraguen, de 67 años, juez semijubilado de Oregon, investigó su historia familiar, supo de las luchas de sus abuelos.
Los vascos son naturales de los Pirineos, que se extienden por la frontera entre España y Francia. Los vascos españoles, un pueblo culturalmente distinto y con su propia lengua —el euskara, sin relación con el español ni el francés—, llegaron a Estados Unidos durante la Fiebre del Oro de California. Pronto se dispersaron por el oeste, donde muchos trabajaron como pastores de ovejas. Ellos se multiplicaron, a medida que sus hermanos y primos cruzaron el océano.
Los colonos mantuvieron las tradiciones de su patria madre —disfrutando un juego de naipes llamado mus, bailando la jota, una animada danza, y deleitándose con deliciosos chorizos de cordero o cerdo— y su comunidad sigue prosperando.
“Queremos que las futuras generaciones sean conscientes de su historia, su cultura, para que sepan de dónde provienen —dice Yraguen, un líder comunitario—. Aún estamos aquí”.
Paseo en automóvil
Comience el paseo en automóvil por el área vasca del noroeste en la “Cuadra vasca” (“Basque Block”), en el centro de Boise, Idaho. Allí está el Basque Museum and Cultural Center, un tesoro de artefactos y documentos sobre la rica historia de la región. Muy cerca hay un centro comunitario vasco, un mercado y algunos restaurantes.
 Ilustracián: Lisa Adams |
El Bar Gernika sirve un rico sándwich de chorizo. “Hay un firme sentimiento vasco respecto de este lugar”, señala Dan Anostegui, su propietario, quien lo diseñó a imagen de los bares de tapas que visitó en la zona vasca de España. Leku Ona —“buen sitio” en euskara— es un restaurante de tres pisos con cocina tradicional y cenas al estilo familiar, y especialidades como arkume hanka (pata de cordero asada).
El último fin de semana de julio, Boise presenta el Festival de San Inazio, en honor al santo patrono vasco, una celebración netamente vasca, que incluye juegos tradicionales, danzas, música y comidas.
Después de ver los encantos de la gran ciudad, prepárese para sumarle millas a su vehículo, a medida que se aventura en los espacios abiertos de la región vasca.
Preservando la historia
Vaya hacia el oeste, a Ontario, Oregon, donde Four Rivers Cultural Center and Museum ofrece una exposición de esta cultura. Al atravesar la ciudad, verá la ex pensión Echanis, en la calle North Oregon, donde se hospedaban los pastores de ovejas cuando llegaban por negocios, y que servía como punto de celebración para bailar y celebrar festividades, tales como el Día de los Reyes Magos.
Luego, siga hacia Jordan Valley, al sur, un reducto vasco de antaño, donde su orgullo es la cancha de pelota —o frontón—, construida hace casi un siglo para practicar el tradicional deporte vasco. Hace poco, la comunidad restauró la cancha de arenisca, listada en el National Register of Historic Places. Pida un bocado al frente, en el Old Basque Inn.
De ahí, diríjase hacia el oeste, al área del impresionante Steens Mountain, donde muchos pastores cuidaron sus rebaños. En un paseo panorámico por el desierto alto, es posible que vea un borrego salvaje o un antílope pronghorn. Trépese a un álamo y a un aliso, y se podría topar con un auténtico “arboglífico” (talla realizada hace mucho tiempo en un árbol por un pastor solitario para comunicarse con otros).
Cerca, la ciudad de Burns realiza su propio festival vasco, la última semana de junio —una versión, en pequeña escala, del evento celebrado en Boise, donde aún podrá comer chorizo, bailar la jota y demostrar su orgullo vistiendo una camiseta que lo dice todo: “Soy vasco”.
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