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Foto: Julie Bullock 

Tesoros guatemaltecos
Un joven no hispano, de 24 años de edad, descubre lo gratificante de trabajar en un orfanatorio centroamericano. Pero se pregunta, ¿dónde están los adultos hispanos?

Por Aaron Shulman
octubre/noviembre 2007

Cómo encontrar un programa
He descubierto que los desafíos se presentan en diversas formas. Cuando decidí, el pasado mes de noviembre, ser voluntario en un orfanato durante cinco meses, muchos de esos desafíos se presentaron en mi camino: la edad, el idioma y docenas de niños. Yo era joven, el español no era mi lengua natal y, desafortunadamente, era un inexperto en el trato con niños.

Los primeros dos meses en Río Dulce —una frondosa región tropical situada 30 millas tierra adentro sobre el Caribe—, enseñé a leer y escribir, y aritmética a niños de cuarto grado. Ese alborotado grupo dejó ver, con absoluta claridad, las limitaciones de mi español.

Un día, luego de una mañana particularmente frustrante en clase, aparté a los dos niños más alborotadores (que eran, además, dos de mis favoritos) y les expliqué que podíamos hacer payasadas fuera de clase, pero que en clase necesitábamos mantener una relación maestro-alumno respetuosa. Me trabé al hablar, busqué el vocabulario español aprendido mucho tiempo atrás y gesticulé excesivamente. Creyendo que había transmitido claramente mi posición, les pregunté si habían comprendido. Ellos asintieron con entusiasmo.

“Entonces, fuera de clase somos amigos —dije, esta vez muy claramente—; pero en clase ¿somos...?”

Entornaron sus ojos, esperando dar la respuesta correcta. Luego, al unísono, contestaron: “¡Enemigos!”

En ese momento quise reír y llorar a la vez.

Después me asignaron refuerzos: clases para los que se rezagaban o tenían dificultades de aprendizaje. Mi trabajo iba desde enseñarles cómo usar un lápiz hasta asegurarme de que supieran el alfabeto y mejoraran su lectura. También fui un orientador, un consejero/padre con los niños más pequeños, después de las horas escolares; y dirigía actividades por las noches y los fines de semana con otros voluntarios.

Si bien mi español mejoró enormemente, la edad y la falta de experiencia seguían siendo un obstáculo. Mi corto historial laboral y pocos años como tío no me dotaron de la confianza, sapiencia y paciencia que el trabajo exigía. De vez en cuando, me preguntaba si lograría llegar a los cinco meses.

Cómo encontrar un programa

Trate de evitar las agencias comerciales de colocación de voluntarios que cobran sumas enormes.
Una tarifa por gastos administrativos de $100-$300 o una cuota razonable que cubra comidas y alojamiento es lo ideal. Prevea pagar sus propios gastos de viaje. Entre los programas con tarifas bajas están mi orfanato Casa Guatemala y Proyecto Mosaico.

Pregunte acerca de las condiciones de alojamiento y comidas.
¿Se dispone de agua potable y electricidad a todas horas? ¿Necesita vacunas y medicamentos contra la malaria?
Después de seleccionar un programa, póngase en contacto con voluntarios que hayan participado del mismo.
Hable con tres o cuatro, porque pueden haber tenido experiencias muy diferentes en el mismo sitio.
Si dispone de tiempo, vaya al país elegido y busque un programa.
Podrá averiguar más en dos días hablando con lugareños —miembros del gobierno y organizaciones de caridad, entre otros— y otros viajeros, y visitando los programas en sí mismos, que navegando durante semanas en internet.

Con el tiempo, me gané el respeto y la confianza de los niños. Aprendí a mantener un firme control sobre mis propias emociones y así pude ocuparme de la inestabilidad emocional de ellos. (Una vez, en un lapso de dos minutos, un niño me abrazó, me arrojó una pastilla de jabón mientras me insultaba y, luego, volvió a abrazarme). Y fui iniciado en el arte de manejar los vómitos a la medianoche y otras funciones biológicas. Pero, cuando llegó el último día en que me encargué de refuerzos, mis alumnos ya recitaban el alfabeto impecablemente.

Reflexiono, y ahora veo que mis dificultades en el orfanato se redujeron a una desventaja elemental: yo nunca había tenido responsabilidades parecidas a las de los padres. Los rigores de la vida familiar adulta me eran totalmente extraños.

No estaba solo en esto. La mayoría de los voluntarios tenían más o menos mi edad y lidiaban con los mismos desafíos. Muchos veinteañeros se sienten atraídos por estos tipos de programas en Latinoamérica, pero ¿dónde están los adultos mayores que podrían guiarnos tanto a los niños como a nosotros? ¿Dónde están los hispanos adultos? Su idioma natal, su bagaje cultural y experiencia de vida podrían marcar una enorme diferencia en Guatemala.

Esta nación centroamericana tiene abundante belleza natural, diversidad cultural y una historia fascinante, pero, como tantos otros países en desarrollo, está plagada de pobreza, falta de educación, discriminación y delincuencia. Una inmensa cantidad de programas para voluntarios y organizaciones sin fines de lucro están contribuyendo para que Guatemala mire hacia un futuro más promisorio. Las oportunidades de voluntariado incluyen trabajar con niños de la calle, ayudar en programas post-escolares, enseñar, brindar diversos tipos de asistencia —por ejemplo, en clínicas de salud y programas de construcción— en vecindarios pobres y comunidades indígenas, y colaborar con los que se dedican a la protección de la flora y fauna.

Se necesita su ayuda. ¿Qué programa elegirá?


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