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| Foto: Julie Bullock |
El volcán
Prosperando a la sombra del Tungurahua
Por Rita Neubauer
primavera 2008
La “Garganta de fuego” estaba presente en la mente de Luis Alfonso Proaño cuando construyó su hospital; también estaba en la de Alfonso Guevara cuando construyó su refugio en una cueva.
Estos dos ecuatorianos poco tienen en común. Proaño, de 52 años, ejerció la medicina en Oklahoma hasta 1997, cuando regresó a su Ecuador natal, un país sudamericano situado en medio de los impresio-nantes Andes. Guevara, de 60 años, es un agricultor que nunca dejó su país.
Lo que estos dos hombres sí tienen en común es su precaria situación: ambos viven a la sombra del Tungurahua —Garganta de Fuego, en la lengua quechua local—, un poderoso volcán que, con sus 16.575 pies de altura, es uno de los 10 picos más altos de Ecuador. Proaño y Guevara, al igual que los demás residentes del lugar, viven con el temor constante de que el volcán entre en erupción, lo que significaría la pérdida de sus fuentes de trabajo, cuando no, la de sus vidas mismas. Pero también se benefician con la encantadora belleza de los paisajes agrestes y del rico suelo volcánico, uno de los más fértiles del mundo. Y, si bien los bufidos y rugidos de la montaña asustan a algunos visitantes, el volcán también atrae al turismo, lo que genera trabajo y mejora la economía.
Tungurahua es parte de lo que el explorador alemán del siglo XIX Alexander von Humboldt llamó la Avenida de los Volcanes, un área al sur de la capital, Quito, que incluye nueve de los 10 picos más altos de Ecuador. Entre cada montaña, a una altura de 7.000 a 9.000 pies, yace un valle. Desde la era preincaica, distintos grupos étnicos han cultivado los densamente poblados valles. Hoy, miles de ecuatorianos y turistas extranjeros visitan la región cada año, para realizar caminatas o explorar la Avenida de los Volcanes desde una distancia segura.
Esa distancia es crucial: luego de permanecer dormido durante 81 años, el Tungurahua despertó violentamente en 1999, cuando escupió fuego y lanzó rocas a millas de distancia de su cráter, de 600 pies de ancho. Alrededor de 20.000 personas en Baños y otros poblados de la zona debieron ser evacuados durante meses.
“Tenemos que aprender a convivir con ‘Mamá Tungurahua’”, dice Proaño, quien ya estaba preocupado por las erupciones antes de construir su sueño, un pequeño hospital en su ciudad natal de Baños. Aun así, está feliz de haber regresado. “La vida en Estados Unidos se estaba convirtiendo en demasiado trabajo”, dice. Si bien ahora también está ocupado —combinando la medicina tradicional con la alternativa—, siente que tiene una vida más equilibrada, con más tiempo para dedicar a su familia y amigos, y para su pasatiempo favorito: sumergirse al amanecer en La Piscina de la Virgen, unas termas naturales que son alimentadas por las aguas hirvientes provenientes del Tungurahua. Pese a las erupciones, el peligroso volcán no lo asusta como para abandonar la zona. “Sólo confío en Dios”, dice. Y si fuera necesario, bromea, en el techo de concreto que cubre su cabeza.
Por otra parte, Guevara confía en la cueva cavada en su propiedad, en Runtún, un poblado situado a seis millas del Tungurahua. En este pozo, él y su familia buscarán refugio de la fuerza destructiva del rebelde volcán, si entrara nuevamente en erupción. Guevara, un granjero dedicado al cultivo del maíz y a la producción de lácteos, tiene manos grandes y callosas, y ama a los colibríes, para los que cultiva flores coloridas y perfumadas. Al igual que Proaño, se muestra decidido ante la posible furia del humeante “Gigante Negro”. “Estoy preparado”, dice.
En cada rincón de esta región de montañas, exuberantes valles y profusa vegetación tropical, la gente muestra la misma capacidad de adaptación y, tal como lo hacen Proaño y Guevara, se niegan a dejar su tierra, incluso aquellos cuyas propiedades fueron arrasadas por el Tungurahua.
Es el caso de Gloria Alguiar, de 36 años, y su familia. Su destartalada vivienda se encuentra junto a la única autopista que lleva a Baños, una ruta cerrada en múltiples ocasiones por temblores y deslizamientos de tierra. Alguiar dice que los pocos animales que poseía murieron a causa de la lava y el calor, y un galpón colapsó debido al peso de las rocas y desechos que habían caído sobre su techo. Lo que en algún momento fue una verde llanura, hoy es un paisaje lunar de rocas negras. Su cosecha: rocas de lava que Alguiar vende a los turistas.
Según ella, quizá su familia estaría mejor lejos del Tungurahua, pero permanecerán allí. Alguiar comenta que no tienen los medios necesarios para mudarse a otro lado. Además, afirma: “Esta es nuestra tierra”. Su familia consigue sobrevivir con el producido de un negocio pequeño que administra cerca de su casa, vendiendo rocas volcánicas así como jugos, gaseosas y varios otros artículos a trabajadores, residentes y turistas que se dirigen a Baños.
Ubicada apenas tres millas al norte del Tungurahua, Baños es un sitio sagrado. “La gente viene para pedirle a la Virgen que los sane”, dice Proaño. Los peregrinos llegan hasta la Basílica de Nuestra Señora del Agua Santa, y cuando sus pedidos les son concedidos, regresan a agradecerle a la Virgen y a donar dinero a la basílica. Coloridas pinturas en las paredes relatan algunos de estos milagros, junto con las travesuras que el Tungurahua protagonizó a lo largo de los siglos.
Pero la vida no gira únicamente alrededor de la Virgen María y de Mamá Tungurahua. Baños es un lugar al que los turistas van para relajarse. Dos piscinas son alimentadas por manantiales termales, reconocidos por sus propiedades terapéuticas. Cuando esté en Baños, haga como los baneños y vaya a las piscinas al almanecer, cuando los primeros rayos de sol pegan sobre el vapor que flota sobre el agua.
Aquí, inmerso en las brumosas aguas, un visitante puede comprender fácilmente por qué la gente que vive a la sombra de un volcán gigantesco no quiere vivir en ningún otro lado. La misma agreste y rebelde Garganta de Fuego que los pone en grave peligro también les brinda generosamente: ceniza volcánica para hacer más fértil la tierra, ma-nantiales termales curativos, vistas espectaculares y un constante escape de humo que, día y noche, brinda un magnífico espectáculo.
A dos horas —en automóvil— de Baños se encuentra Riobamba, donde puede tomar un tren para descender por la Nariz del Diablo.
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